domingo, 9 de octubre de 2016

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*Relato presentado al concurso "Mil maneras de Morir", organizado por el Círculo de Escritores.

Soy un buen hombre, de esos de los que ya no hay. Honro a mis padres y soy responsable. Me dedico entrañablemente a mi oficio y no hago daño a nadie.

Últimamente estuve dando retórica a muchos compañeros de trabajo y gente en general sobre el buen comportamiento y la Fe en el ser supremo.

Me apasiona la palabra de Dios y vivo de acuerdo a ella. La propalo cuando puedo y la gente me escucha por horas. Tengo un encanto especial con las palabras. Parece que soy un buen orador.

Mi madre es una mujer muy buena, siempre trató de darme lo mejor que pudo, no me dejó pasar hambre y me dio mucho cariño.

Mi padre me heredó un oficio, hacemos trabajos en madera utilitarios y pequeñas obras de arte. Parece que tengo el arte en las manos, aparte de en la lengua, porque nuestros trabajos son muy cotizadas en el pueblo.

Pero, aunque mi vida sea tranquila, me angustio por el resto de la gente que vive perdiendo sus días entre el pecado y la perdición más caótica. No se dan cuenta que desperdician gran parte de su vida y que el tiempo no regresará.

La codicia, envidia, lujuria y el resto de pecados capitales están a la orden del día.

A veces no puedo dormir pensando en toda la humanidad que mancilla su alma y su cuerpo, templo de Dios, con todas estas fallas.

Una voz interior me pide ayudarlos, no quedarme callado y tratar de salvar a esa gente de la perdición indudable.

Salgo a las calles a tratar de hacerlos entender. Hablo en plazas, parques y cualquier lugar donde me escuchen, también voy a los mismos lugares mundanos donde la gente se pierde.

En una ocasión, agredí a unos comerciantes que mercantilizaban productos obscenos e imágenes idólatras.

Tal vez exagero en mi ímpetu de amparo a mis semejantes pero algo en mi interior, me obliga a hacerlo. No como un deber, sino como una responsabilidad.

A pesar de todo, tengo un grupo de personas que me admiran y escuchan. Para ellos soy una especie de gurú de la palabra sagrada.

Ahora corro peligro en manos de la gente que fomenta estas conductas despreciables. Quieren silenciarme.

Hace poco me aprehendieron bajo falsos cargos y ahora estoy en una carceleta esperando mi juicio fantasma, pues solo hay acusado, más no delito. Hasta en esto, la corrupción reina.

El juicio pasó muy rápido, me condenaron injustamente.  Pero si debo pagar para que la sociedad escuche lo que tengo que decir, me parece que vale la pena.

En una especie de desfile me trasladan al lugar donde cumpliré mi condena, lo hacen para que la gente tenga un escarmiento de lo que es meterse con los poderosos, para que puedan ver mi humillación y sufrimiento.

El camino es sinuoso y doloroso. Llego al lugar de mi expiación con el cuerpo maltrecho.

No entiendo porque tanto ensañamiento conmigo, pero es sólo parte de las razones por las cuales lucho contra la sociedad actual y sus faltas.

En el colmo de la barbarie, me suben a una especie de altar de madera, el mismo material que mi padre y yo amorosamente trabajamos a diario. Un dolor punzante que casi me hace desmayar paraliza mis miembros al mismo tiempo.

Levantan el altar en forma de T y con un golpe lo clavan en la tierra. Resignado, me doy cuenta de que ésta será mi forma de morir a los 33 años y en medio del dolor insoportable oigo a mi lengua proclamar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.