jueves, 12 de julio de 2018

CADA ALIENTO QUE TOMAS


*Favor de leer con la canción adjunta.


"Every move you make
Every vow you break
Every smile you fake
Every claim you stake
I´ll be watching you"

Canto muy bajito arrodillado en el borde de tu ventana. Tu cabello vuela llevado por el aire del ventilador que se mueve acompasadamente como meciendo a un niño. Echada en la cama, ojeas tu revista mientras los posters de Michael Jackson y Bruce Springsteen miran a la nada y su piel brilla sudorosa por algún baile realizado.

La música de The Outfield suena cuando, de pronto, se traba el cassette y tienes que sentarte para sacarlo y acomodar la cinta dándole vueltas con aquel lapicero rosado que siempre usas en clase.

Espero a que termines, el sonido de la música me ayudará aunque no sea mi favorita. Yo sigo tarareando la canción que me hace pensar en ti desde el día en que no aceptaste mi invitación. Sé que algún día lo harás. No te soy indiferente. Por eso te doy la oportunidad estando siempre donde estás tú, mirándote, observando cada movimiento que haces y cada sonrisa fingida.

Te echas boca abajo, nuevamente, apoyando tu rostro en la mano, puedo ver tu brazo lleno de “cueritos” al acercarme, ya he reptado sobre la ventana y me acerco a ti cubierto por esa media penumbra en la que tienes tu cuarto.

Mi mano tapa tu boca muy rápido, jalándote al piso conmigo, un fuerte golpe con tu raqueta de tennis te deja sangrando y semi consiente, me gusta como tus ojos no pueden enfocarme y como tu boca se deforma al tratar de hablar.

"Oh can´t you see
You belong to me"

Sigo cantando a medida que, cargándote, te saco por la ventana y te jalo del brazo arrastrándote hacia aquel bosquecillo detrás de tu casa mientras la herida de tu cabeza va dejando un delgado hilo de sangre en el camino y tu corazón late cada vez más lento por cada aliento que tomas.

"I´ll be watching you
I´ll be watching you
I´ll be watching you..."


miércoles, 20 de junio de 2018

ALAS MARCHITAS



*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Sus ojos cerrados sentían, sobre sus parpados, cada nota. Su cabeza, apoyada en el violín, se movía al compás de éste, del movimiento que sus manos le infringían al instrumento de sus desventuras.

En su cabeza dañada, las imágenes de sangre venían solas y recurrentes. Bellas manchas escarlata que formaban dibujos irreverentes, imposibles. Sangre de sus víctimas que coleccionaba en sus vestidos blancos.

La violinista lamía por momentos el arco, el arco que teñido de sangre era compañero de sus escapes. De sus aventuras en la tierra de los muertos, pues luego de su paso, ya no podía existir vida, debía llevarse alguna de las almas, engendrar dolor.

Sus pasos, las huellas que dejaba en el camino, eran cubiertas con lágrimas de sus semejantes que perdieron un ser querido en sus manos. Lágrimas de madres, cuyos pequeños durmieron en el regazo de la delgada asesina. De la pequeña parca disfrazada de dulce música.

Su rostro, en un gesto de placer sublime, se movía al compás de cada acorde que el violín lloraba. Sus ojos se apretaban en las notas más altas y su boca se relajaba en las más bajas.

Esperaba la hora etérea, la hora oscura, la más lóbrega de la noche, aquella que la invitaba a matar.

Bajó de entre los tejados que la cubrían, de los techos que eran su hábitat y su camino. Los pequeños eran su alimento, nutrían su placer más profundo, su apetito por la muerte, alimentaba su corazón enfermo con el palpitar de los pequeños corazones que se iban deteniendo en sus manos.

El cabello al viento, en un movimiento retrasado, la diferenciaba de cualquier ser mortal. Su deteriorada cabeza, como la de una muñeca, no se dejaba ayudar, ella era feliz así, malograda y rota.

Caminó, sus pequeños pies descalzos sobre la nieve de París no tenían frio, su clásico vestido blanco de tul llevaba, esta vez, los encajes más primoroso en los que, en poco tiempo, correría la sangre infantil llenándolos de vida, decorándolos.

A esa hora la iglesia estaba vacía. Solo los pequeños huérfanos dormían en los escalones, buscando una misericordia negada, la compasión que ni Cristo les había dado. El violín seguía resonando en su cabeza y ella caminaba a su ritmo, tarareando despacito.

Se sentó en un escalón de la iglesia, donde la nieve no había hecho escarnio todavía. Acarició el cabello de un ángel de ébano. Sus ensortijados rizos envolvieron sus dedos pálidos y largos. Levantó la frágil cabecita acomodándola en su regazo.

—Pequeño querubín de alas marchitas ¿qué hace un ángel como tú en el frío hielo? Bendición abandonada al frío invierno ¡qué cruel destino te espera en estas calles! — susurraba al niño acariciando sus cabellos negros.

El pequeño la miraba sereno, con los ojos entrecerrados por el frío, el hambre y el sueño. Un hada, pensó el pequeño, el cual no había sido acariciado por mano amorosa. Se dejó llevar por su cariño, no importaba de donde viniera, era calor, abrazó del talle al demonio mismo, escondido en la forma de una flor.

—Duerme pequeño serafín de negro cutis, duerme, cierra tus pequeños ojos de aceituna— sus dedos rodearon el cuello del pequeño que sintió el calorcito de su piel. Apretó sus manos de uñas largas, inclinó su cuerpo sobre el niño atrapándolo como nívea araña.

No pudo hacer nada el infante ante su fuerza, las blancas manos se llevaron su existencia , dedos marcados en su cuello ya sin vida. El arco del violín sirvió de daga, el arco preparado para estos hechos trágicos, afilado por su dueña de dulce vestimenta. Se hundió la punta en el pequeño pecho, corriendo hasta el estómago vacío. Pobre ángel hambriento que ella había salvado del aliento de la cruel vida.

La sangre brotó tibia como suave río, como delicado arroyuelo de tinta mora. Echado aun en su regazo, tiñó la blanca tela llenando el encaje del vestido , dibujando intrincados arabescos e hilos sinuosos que se impregnaban en el tul.

Alrededor, la noche abrazaba el aire. La luna acompañaba el sueño de los justos, de los abandonados. Se puso de pie, acomodó el cuerpecito en el escalón vacío, besó su frente agradecida por saciar su sed maldita.

Y se fue, chorreando sangre su vestido, cayendo en la nieve que se abría a cada gota. Se fue dejando muerte una vez más, se fue con su violín en la mano, tarareando como había venido. Se fue con su cabello negro que flotaba en el aire blanquecino. Se fue meciendo su cuerpo al compás del violín que fue acallando su sonido.

Nadie entendía su bondad.




lunes, 26 de marzo de 2018

SINFONIA




*Favor de leer el presente relato escuchando la melodía propuesta.

Y la violinista una vez más tocó su canción endiablada, en puntitas se movía saltando entre los tejados hasta brincar al frío pavimento donde la esperaba el.

Tomó de la mano a su poeta que, lleno de papeles manuscritos, la miraba embelesado. Llegaron a aquella iglesia abandonada en las afueras. Los musgos y plantas habían hecho presa de sus paredes y rincones.

Un sonoro riachuelo corría cerca y aplacaba al par de bestias que se acercaban a tomar posesión de su presa.

En el sótano, dilucidaron la figura que se movía. Era apenas un bulto entre las sombras del lugar. Sus ataduras estaban intactas y el pedazo de tela introducido en su boca, chorreaba hilos de transparente saliva.

Un sonido de horror intentó salir de entre sus labios cuando los vio acercarse.         
La amorosa pareja de pie frente a él, y aún tomados de la mano, se miraron entre sí dándose un beso.

Ella se agachó tratando de tocarlo. Intentando acomodar el cuerpo del hombre para que su poeta escribiera sobre él las más tiernas coplas.

Los grilletes sirvieron para esto, dejándolo echado sobre el piso, estirado a todo lo largo que daba su cuerpo desnudo.

Ella miró a su poeta con adoración, sentándose en el piso, cruzando sus blancas piernas.

Él, dedicándole una sonrisa, cubrió con sus manuscritos, llenos de poemas de amor, al infeliz que lo miraba paralizado. Delicadamente, el poeta tomó una de las hojas, la leyó para ella declarando su ferviente amor que aparecía en cada curva que formaban sus palabras.

La violinista, poniendo el violín en su hombro y apoyando su rostro en él, lo escuchaba y le dedicaba la más dulce de las melodías.

Las notas más sublimes llenaron el ambiente, el hombre se agitaba intentando un escape inútil. El poeta procedió enamorado.  Tensando firmemente las hojas entre sus dedos, cortó la piel de la víctima con el grabado papel . Delgados hilos cardos corrieron a través del cuerpo y empaparon los poemas sobre él.

Corto y destazó pequeños pedazos de piel hasta que el cuerpo se convirtió en un mapa informe, hasta que ya no pareció piel, solo hilachas de algún cuero desgarrado desangrándose sobre el piso.

El hombre, sin fuerza ya para gritar después de horas de tan pavoroso dolor, dejó caer la cabeza a un lado, justo para ver como la tela del vestido blanco de la violinista absorbía el rojo líquido por el que se le escapaba la vida y formaba diseños escarlata que hablaban de muerte.
Ella, arrodillada, no había dejado de tocar su lúgubre canción que ya llegaba al éxtasis de las notas más altas.

Se puso de pie, rodeó a su poeta y al herido con los últimos compases y con su delicada mano sacudió el arco del violín, que brilloso, dio su última nota en la yugular del hombre, abriéndola, convirtiéndose en el acorde final de la sinfonía de su vida.



viernes, 5 de enero de 2018

TAMIEL

Las campanadas de la catedral espantaban a los gallinazos que, negros, sobrevolaban el gris cielo de la ciudad jardín. Lima, oscura como siempre en los días de junio, reflejaba en sus pisos de piedra su tristeza más pura.

Las campanas llamaban a la misa como voces lúgubres entre la bruma de la húmeda mañana. Georgina, ocultaba su rostro tras la mantilla de encaje negro que caía sobre sus hombros, caminaba hacia la iglesia entre cantar de gallos, fantasmas y sombras. De su mano, colgaba un rosario y en sus labios la acompañaba la plegaria diaria:

-“Ayúdame San Tamiel, gemelo del mismo Dios, igual en poder, igual en grandiosidad, igual en benevolencia, todopoderoso Tamiel, santo entre los santos, solo por debajo de Yahvé”.

Uno a uno pisaba los escalones de la catedral que la llevaban a la imagen de aquel santo varón. Caminó a lo largo del pasillo de la nave izquierda de la gran iglesia, donde los santos famosos tenían grandes retablos de madera. Al final, en un delgado desnivel de la pared donde solo se llegaba por pérdida de los pasos o desviación de la fe, yacía su imagen sobre una pequeña columna, sin luz siquiera que lo iluminara. Se arrodilló delante de él. En su bolsillo guardaba la vela negra que aquel bendito ser exigía y la encendió esperando recibir su bendición mientras lo contemplaba extasiada.

Ahí estaba el en toda su gloria, su rostro delgado y de nariz larga apuntaban el piso de loseta recién pulida. Su ralo cabello apenas cubría su nuca y el plomo del yeso, con el cual habían modelado la figura, le daba a su piel un aire mortuorio.


En su mano, un bastón de punta redondeada que asemejaba, ¡santísima sangre de Cristo!, un largo y venoso falo, servía para castigar a aquellos que desobedecían sus normas. Su ropa raída tapaba su piel llena de llagas, producto de las santas orgías y sus excesos en vida por las cuales se le había condenado. Era un pecador redimido.

Georgina se preguntaba si muchos sabrían que bajo ese manto gris y marrón del santo, su espalda escondía un par de alas plegadas que rompían su piel atravesándola a la altura de los omóplatos  ¡Cuanto deseaba algún día poder verlas extendidas! El solo pensamiento la hacía arquear la espalda por el cosquilleo que le recorría la columna.

Arrodillada frente a él, en la penumbra de aquel escondido rincón, Georgina, esta vez, venía a pedir perdón.

Perdón por todos esos orgasmos reprimidos, por todos esos gemidos fingidos. Los pervertidos también tenían un santo y todos ellos sabían que si las depravaciones existían era porque Dios mismo las había dejado ser. San Tamiel cuidaba de que aquellas se cumplieran a cabalidad, en toda su magnificencia y su máxima expresión. Que se manifestaran en todo su éxtasis, que fueran reales, que no se osara romper la sagrada perfección de los excesos o los bacanales que sus feligreses, en su beatifico deseo, decidieran realizar.  Cada hombre, mujer, niño o animal debía cumplir su función so pena de molestar al santo patrón.

Georgina era la más ferviente beata, su más leal seguidora y creyente en sus poderes de cumplir cada uno de sus deseos más oscuros y temerosa de la ira del bienaventurado que tal como milagroso, era cruel sin miramientos.

Pero así como amaba a Tamiel, así era creyente en Dios y su hijo Jesucristo. De la sagrada trinidad; padre, hijo y espíritu santo.

Nada mejor que limpiar su cuerpo y mente con la palabra de Dios, con el espíritu impoluto que invadía su interior con cada Padre Nuestro, Salve o Yo Pecador.

No había domingo en que no asistiera a la comunión con Dios en la santa misa y venerara, al mismo tiempo, a San Tamiel, Patrono de los deseos impuros, un santo incomprendido. Pero ella atribuía su rechazo a la hipocresía de la gente que ocultaba sus más impropios deseos y apetitos.

Qué más demostración de sinceridad, honestidad y falta de falsedad que mostrarse a sí mismo tal cual somos y amar, en todas las posiciones, a tu prójimo, tal como dijo el hijo de Dios.

Ella no había podido conseguir al infante para la festividad de aquel día, su torpe e hipócrita sentido de decencia le había impedido cargar a ese hermoso querubín de rizos rubios y piel sabrosamente blanca que hubiera sido disfrutado por cada miembro de la hermandad del santo querido.

Una malvada vocecilla le había impedido separarlo de sus padres para convertirse en el objeto deseado de aquella fiesta del desenfreno con el cual se festejaba, por estas fechas, al querido San Tamiel, conocedor, tal como Dios, del bien y del mal.

-“¡Maldita moralidad!¡Perversa integridad!¡Desgraciada probidad que me impidió complacerte! Que no me dejó tomar al crío para nuestra sagrada unión. Perdóname San Tamiel por mi debilidad y dejarme llevar por la conciencia”-

De pie se puso Georgina al oír el llamado a la eucaristía y acudió a la comunión por la hostia consagrada. Tomó con las manos la blanca oblea y la llevó hasta los pies de Tamiel, que en ladino silencio, la esperaba.

Pasó el sacrosanto pan por los pies del santo y por cada pedazo de piel que mostraba la imagen. Se atrevió a sobarla entre sus propias piernas para, con un suave gemido ahogado, posarla en su  boca y sentir a ojos cerrados como se diluía en su lengua. La saliva mezclada con el sacro pan bajaba por su garganta, el placer más sublime cuando los músculos de su cuello deglutían, tragaban el líquido blanco que llenaba de sabor su interior y calentaba su vientre. Era el momento supremo de cada domingo, el instante en que se unía con él, el minuto que le servía para darle razón a cada día de su vida.

En arrobamiento estaba cuando la vela se apagó de pronto. La iglesia alrededor fue desapareciendo tras un manto negro que comenzó a ocultarla. Un estremecimiento recorrió su maduro cuerpo y la hizo caer sentada mirando de cara al santo que con un movimiento brusco volteó el rostro hacia ella.

Georgina abrió los ojos que luchaban por no salirse de sus órbitas y abrió la boca en un grito que no llegó a presentarse. San Tamiel ya estaba delante de ella tomándola del cuello con su mano de yeso frío.

La miró con sus ojos negros sin vida, como un par de botones brillosos sin fin en donde la mirada se pierde en la profundidad de la negrura.

-“¡Mil veces maldita! ¡Por tu obscena decencia no podrás nunca más disfrutar del placer más básico y necesario del hombre!¡Inmunda meretriz de vientre seco, no disfrutará tu garganta del lúbrico placer de sentir la sensación de unirse en comunión conmigo!” – escuchó la devota clamar en sus oídos.

La beata quedó arrodillada en el frío piso con la cara cubierta por sus manos, levantó el rostro lentamente para ver a la gente que, mirándola, ya salía de la santa misa que acababa de terminar. San Tamiel estaba impoluto, quieto, en el oscuro altar donde siempre lo encontraba.

Se encaminó a su casa aun temblando al recordar el episodio, ¿habría sido un sueño? ¿Su conciencia por el incumplimiento de su deber para con su santo patrón?¿Alguna alucinación presa de su  culpa?

Llegó a flagelar su cuerpo, nada más satisfactorio que girones de piel arrancados por los maravillosos pedacitos de metal incrustados en sus fustas que limpiaban su alma de todo pecado.

Se dispuso a desayunar sobre la mesa cubierta con mantel de blanco lino. Sirviose el café amargo que humeaba llenando el ambiente de más humedad de la ya habida. Sus labios se posaron temblorosos en el borde de la taza recordando el episodio.

El café caliente llenó su boca, bañó el interior de sus mejillas, su lengua y su paladar, el sabor agrio pero delicioso la hizo olvidar, por un momento, lo acontecido minutos antes.

Se puso rígida en un instante, los músculos de su cuello no la obedecían, lo intentaba mil veces sin resultados, el café aun reposaba en su boca quemándola. Le era imposible tragarlo, no pudo evitar aspirar aire sintiendo el ahogo que le provocaba el líquido en su boca. Fue peor aún, el café ingresó por su tráquea y esófago dejándola sin aire. Cubrió cada conducto respiratorio por el cual la vida entraba a su cuerpo.

Desesperada perdía el control de sí misma, se movía en todas direcciones intentando tomar el aire necesario. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al pensar en una muerte tan absurda ¡por un sorbo de café! Sus manos golpeaban desesperadas las paredes y saltaba, corría y caminaba exasperada al sentir el ahogo inminente.

Minutos duró la tortura y el café desapareció de sus vías respiratorias, tomó una bocanada de aire que, ella sintió, le salvó la vida. Su corazón latía saliéndosele del pecho y un sudor frío, de miedo infinito, recorrió su espalda.

Intentó tomar un poco de agua para refrescar su garganta raspada por el esfuerzo. Los resultados fueron los mismos, sin embargo, esta vez, ni siquiera la intento tragar, solo la escupió al sentir que los músculos de su garganta volvían a rebelarse contra sus órdenes.

Fue a la cama a descansar, temblando aun por el miedo de lo sucedido. Ante sus ojos cerrados, plasmado dentro de sus párpados, San Tamiel repetía su condena.

Despertó al mediodía más relajada. El recuerdo del café y el ahogo estaban quedando atrás y la verdad, ya se le antojaba el agrio saborcito en su boca. El almuerzo también le apetecía, sirviéndose un gran plato de éste.

¡Debía ser una pesadilla! el arroz atragantado en su esófago cubría, como más temprano, también la tráquea dejándola sin respiración. Más tiempo quedó Georgina sin aire esta vez. El arroz era sólido y no desapareció tan fácilmente como el café de la mañana.

Los días pasaron, la beata caminaba apoyándose en las paredes ante tanta debilidad. Alrededor la gente comía y bebía. Sus repisas, sus cajones y alacena, repletos de comida y agua, se burlaban de su desgracia.

Moría de sed rodeada por líquido y de hambre sin que le falte alimento. ¡Qué no hubiera dado porque un poco de líquido pasara por su cerrada garganta!

-“San Tamiel, apiádate de mí, aparta de mi este cáliz. Demuestra la misericordia que el todopoderoso Dios no mostró por su hijo. Comprueba que eres mejor que El” – rezaba con la boca seca, con los labios partidos de sed y el sonido de sus entrañas rugiendo por el hambre y quemando por los jugos gástricos que la devoraban por dentro.

Cada trago de agua de la gente que pasaba por su lado, la enloquecía; ver las gargantas moverse, en la dulce acción de tragar, era su martirio.

El siguiente domingo llegó encontrándola famélica. Salió de la oscuridad de su casa arrastrándose, agarrándose de las paredes hasta la santidad de la iglesia donde San Tamiel, seguro conmovido por sus reiterados rezos y pedidos de perdón, la disculparía y le quitaría el castigo. Estaba segura que apenas la hostia se derritiera en su boca, bendeciría su garganta y la abriría nuevamente.

La hora de la eucaristía llegó finalmente, apoyándose en las bancas se acercó al altar, donde el padre Ludovico poso su mano en su frente haciendo la señal de la cruz y tomando una hostia consagrada en la sangre de Cristo, la poso en la lengua salida de Georgina que en éxtasis la extendía.

Se puso de pie como pudo, sus pasos la llevaron al oscuro rincón de le efigie de yeso. La hostia iba derritiéndose con el calor de su lengua. Esta vez no esperó pasarla por la piel del santo, no esperó acariciar su propia piel con ella, no escuchó su gemido tímido y bestial al mismo tiempo. Sólo necesitaba sentir la saliva llena de santidad cruzar su garganta, acariciar su esófago y caer sobre los jugos gástricos de su estómago apangándolos cual infierno consumido en agua bendita.

Llegó a los pies de Tamiel, los beso sin poder aun consumar el acto de la deglución deseada. La garganta relajada no se movía, los músculos de ésta, como cárcel infernal, retenían el líquido bendito comenzando a bajar por su tráquea, aspiró involuntariamente, sintiendo el ahogo una vez más. Los pedacitos de hostia no diluidos, se le pegaron a las paredes de los orificios de aire, la pequeña porción de agua, que en su interior se asemejaban a un mar entero, inundaban éstos al mismo tiempo.

Se ahogaba con el objeto más sagrado de sus mórbidas fantasías.

“¡Tamiel!”- intento gritar con su último aliento, cayendo al piso al mismo tiempo. La saliva se incrementó por el esfuerzo de respirar, la lengua amoratada sobresalía dándole a su rostro un gesto horrendo.

Georgina miró al santo que esbozó una sonrisa en su cara de yeso, liberando a la beata del castigo.
Volvió a respirar Georgina con una aspiración ruidosa. Se tocó el cuello por el alivio que le causaba el aire nuevamente corriendo por sus pulmones.

Se abrazó a los pies del santo, sabía que no iba a abandonarla, que no podía dejar así a su más fiel devota.

Georgina levantó la mirada agradecida, el santo bajó la mirada complacido. Abrió la boca para advertirle que no admitiría otra falta.

La mujer abrió los ojos violentamente, su boca se desfiguro ampliándose en forma grotesca, la lengua se volteó hacia atrás cubriendo la garganta completamente, la saliva aumentó sin parar llenando su garganta, chorreaba por su boca haciendo charcos babosos alrededor de sus manos que apoyadas en el piso lo golpeaban sin parar. El miedo se reflejaba en el agrandamiento de sus pupilas, las venas de sus ojos comenzaron a reventar convirtiendo su mirada en sangrienta agonía.

Su rostro se puso rojo con el color de la muerte que llegaba enmascarada de asfixia.

Tamiel la vio morir, impotente, quieto, sin vida ni alma, ni movimientos, ni palabras, como siempre había estado. Sólo vivo en la degenerada fe de la mujer que luchaba intentando tomar un aire que no llegó nunca. Colapsó entre gemidos de ahogo, entre lágrimas de esfuerzo, rodeada del miedo más aterrador y la sofocación que le fue quitando la vida lentamente. Su última visión fue hacia una olvidada lápida de mármol de algún mártir olvidado que rezaba:


"Yo soy el Señor; ¡Ese es mi nombre! No le daré mi gloria a nadie más, ni compartiré mi alabanza con ídolos tallados" - Isaías 42:8

“No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahve tu Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad (…) de los que me desprecian” – Exodo 20:5



martes, 31 de octubre de 2017

GATO-GALLO


Un sorbo más de café me mantiene despierto durante esta noche de estudio. La química y yo no nos llevamos muy bien desde el colegio. Menos ahora que se volvió universitaria y parece que el título la hace más compleja y soberbia.

Me rasco la cabeza mientras las formulas y los pesos atómicos se revuelcan en mi cerebro como amantes apasionados después de un largo tiempo sin verse. El café les calma los ímpetus para que puedan ir desfilando en orden delante de mis ojos y puedan quedarse en mi cerebro como útiles datos que espero usar en una experiencia real alguna vez en la vida.

En la casa oscura, solo el comedor, mi lugar favorito de estudios a pesar de todo, es la única habitación alumbrada a medias. El resto de la casa duerme placida y en el pasillo apenas se divisa el brillo del piso lustrado en donde el eco de las pisadas de mis gatos parece retumbar en mis oídos.

Me concentro en el tema de mis angustias de estudiante para no escucharlos.

Parece que ya se cansaron pues de un momento a otro dejaron de correr como bichos desaforados.  Al fin el silencio necesario para la concentración. Ese silencio que grita en tus oídos, que es como un vapor espeso que entra en ti, abriéndote poco a poco el canal auditivo. Es un silencio pesado.

Se me cierran los ojos, otro sorbo de café caliente servirá. Las letras se nublan y se cruzan entre ellas.

Miro alrededor del cuarto desde la mesa donde mi cabeza se acaba de apoyar vencida por el cansancio.

Nuevamente, el eco de las voces comienza como lo hace de vez en cuando desde esa pared que da al dormitorio de mi hermano. Me pongo de pie despertando de mi letargo y me acerco a ella. Pego mi oído, la acaricio con las manos.

Los sonidos de la misa llegan a mí, los cánticos, los rezos susurrados, las voces de los curas que me llevan por un momento a alguna misa medieval. Los cantos gregorianos me rodean.

El sacerdote principal ora y venera a alguna deidad. No reconozco el idioma, nunca lo hago.

Los feligreses le responden en éxtasis, cantando, gritando, casi gimiendo.

Me quedo esperando a que se acalle aquel ruido, nunca dura más de unos minutos.

Me siento mirando mis apuntes de nuevo, no se callan, esta vez parece que la misa va más larga de lo habitual, quizás porque estamos cerca del Día de los Muertos.

Doy un salto poniéndome de pie y tirando la silla al piso con mi movimiento.

El Gato-Gallo, como mi familia y yo lo apodábamos, gritaba en las afueras de mi casa, el sonido entraba por la ventana, ese grito de gato en celo, de gallo herido, de niño llorando, todo en conjunto en un berrido infernal inexplicable llenaba la noche acompañando a la misa que seguía escuchándose en el comedor de mi casa, la habitación más pesada de esta.

Nadie había visto a ese ser, nunca mi madre nos había dejado asomarnos por la ventana cuando lo oíamos. El aspecto del Gato-Gallo era un misterio. Solo nos helaba la sangre con sus gritos nocturnos. Mi abuela decía que gritaba para que los chismosos se asomaran, para que se asomaran y pudiera llevarlos consigo como el demonio de la calumnia que debería ser.

Un escalofrío corrió por mi cuerpo alejándome de la ventana. Esta vez el gato-gallo no se iba, esta vez se acercaba más y a medida que se acercaba los cantos y alabanzas de aquella misa invisible se hacían más fuertes y exasperados.

Con un golpe de aire frío mis ventanas se abrieron, las cortinas volaban agitándose sin parar. Aquel ser incorpóreo estaba adentro, su presencia se sentía como el miedo más profundo, como el frío más tétrico, como el temor más oscuro que sentía envolver mi cuerpo mientras mi corazón se aceleraba cada vez más y mis pulmones casi colapsaban de la agitación.

La pared de la misa comenzó a deformarse, los bultos y depresiones se movían como si de un mar agitado se tratara.

Una cabeza del color del muro emergió de la pared quedándose colgando de ella como si fuera un cuadro. Tenía los ojos abiertos casi fuera de sus cuencas, su lengua colgaba hacia afuera mucho más larga de lo normal, llenando mi piso de babas oscuras y sanguinolentas, gemía llevando el compás de aquel coro fúnebre.

Otra más emergió de pronto,  ésta tenía los ojos cosidos, inflamados, purulentos. La lengua salía de su boca estirada y tensa, enrollando su cuello en varias vueltas que la ahorcaban cortándole la piel.

Otras cabezas emergieron, las bocas abiertas a la fuerza, las comisuras reventadas, lenguas hinchadas que ahogaban a sus poseedores, todos gimiendo, formando el coro de la misa que siempre había escuchado.

Su dios incorpóreo, su dios gritón, el dios que los había condenado por su propia curiosidad de querer verlo, se presentaba ante ellos.  Ahora formaban parte de su corte infernal, de su séquito de suplicantes perpetuos.

Sentí los dedos largos y fríos del ente alrededor de mi cuello que me tenía indefenso mientras las cabezas se agitaban gimiendo cada vez más alto, extasiados en su propio dolor con el cual alababan a su señor.

Me levantó del piso volteando hacia mí, su rostro transparente ahora se hacía notar en un haz de fuego rojo y su cuerpo asemejaba las alas de un ave de plumaje negro.  Abrió la infernal boca gigantescamente rodeando mi cuerpo con ella. Sentí su aliento a azufre, vi su interior donde las almas que guardaba se retorcían entre las llamas de su estómago.  Iba cerrando su boca sobre mí.

“¡Pero yo no mire por la ventana! “ – reclamé histérico y petrificado con mi último aliento.

El Gato-Gallo me levanto hacia arriba gritándome en el rostro, escuche aquel sonido espeluznante e indescriptible del cual había huido toda mi vida, golpeando mi cara.

Las cabezas se agitaban ahora en silencio, como en un éxtasis conjunto, todas al mismo tiempo, al mismo ritmo.

Volvióme el ser a asirme hacia su boca, condenado estaba yo a que me engulla y formar parte de su colección de cabezas lapidadas, cerré los ojos, su interior ya quemaba mi cuerpo.

La puerta del comedor se abrió, caí sentado en el piso mirando como desaparecía toda mi visión en un segundo mientras mi madre se asomaba preguntándome porque abría las ventanas con tanta fuerza.

No le contesté, aun mis dientes castañeteaban de miedo mientras apretaba una pluma negra en mi mano.






viernes, 13 de octubre de 2017

LENGUA DE GATO

La hermosa pelirroja regreso del bar una vez más con un cliente deseoso.  El pequeño cuarto preparado para estos menesteres los esperaba con su cama de sabanas desordenadas.

Comenzó su trabajo, el recuerdo de los niños hambrientos la hacía aguantar el asco y las arcadas que le producía ese repugnante hombre que se movía sobre ella con sus carnes gelatinosas, rozando las suyas tersas y aun firmes.

Alrededor, el ambiente caliente le daba a cada inspiración el mismo efecto que una ráfaga de vapor hirviendo quemando su tráquea. El sudor del tipo caía sobre sus ojos cegándola por momentos. Las manos de su momentáneo acompañante la escudriñaban torpe y degeneradamente.

Su pequeña mano ya se deslizaba bajo la cama, ya sentía entre sus dedos el mango liberador del martillo que siempre estaba ahí, como amigo inseparable para ayudarla en el momento preciso.

¡Como deseaba ya sentir los sesos del malnacido entre sus dedos, ver sus ojos desorbitados apagándose mientras la plateada y brillante trituradora de carne lo molía lentamente!

¡Cómo se relamerían los niños!

El primer golpe llegó con ese sonido envolvente, ese sonido que la llevaba al placer más sublime. Aquella resonancia de hueso quebrado, de carne reventada, de arteria fracturada al que siguieron más golpes con sus respectivos ecos.

Ya se había levantado de la cama empujando el obeso cuerpo tembloroso a un lado. Acomodó su corto vestido, el cual, el depravado, ni siquiera había aguantado a sacar totalmente antes de arrojarla sobre la cama.  Lo planchó con sus manos tanto como pudo.

El sonido de los quejidos del hombre la relajaban.

Dispuesta estaba a jalarlo por el piso hasta la trituradora mientras veía la sangre brotar por su cabeza y su rosado cerebro asomarse.  El primer jalón fue interrumpido por el llanto de los niños que, hambrientos, no habían aguantado a su llamado.

Se acercaban a la cama con sus piecitos pomposos y suaves sin hacer un ruido. Ella no intento detenerlos, después de todo, era su culpa, no había apurado los hechos, sus platitos vacíos reclamaban su contenido.

Subieron a la cama como pudieron, sus uñitas se asieron a las sucias sabanas y al viejo colchón, comenzaron a trepar sobre el hombre que torpemente se movía.

Lamieron, lamieron la sangre de su rostro limpiándolo totalmente. Sus caritas manchadas de roja sangre los hacían lucir tiernamente depredadores. Sus lengüitas rasposas levantaban sangre, coágulos, pequeñas porciones de carne desprendida y gotitas de cerebro desperdigadas por la ropa del porcino hombre.
Comenzaron a maullar de hambre, los niños lloraban sin parar, ya habían terminado con la sangre derramada.

¡No lo podía soportar ¡No! ¡No sus niños! ¡No volverían a pasar hambre! Y menos teniendo semejante animal para alimentarse.

“No se preocupen mis amores” – se dirigió a los cachorros con adoración – “espérenme un momentito mis bebés,  no lloren, tendrán más, hasta que ya no se mueva” – susurro mientras se alejaba moviendo sus redondas caderas que una vez más se zarandeaban bajo la verde seda del vestido ajustado.

Regresó junto al hombre y los mininos que adorándola la esperaban, les mostró sus manos cubiertas por unos guantes con lija de metal, rematados en delgadas cuchillas que ella misma había confeccionado y que asemejaban la textura de la lengua y las uñas de los pequeños.

“Todo lo que hace una madre por ustedes”- suspiró hablando, mirándolos cariñosa.

Sus manos acariciaban la cara del hombre cada vez con más presión, apretándola, dándole la sensación de mil agujas penetrando su grueso pellejo al mismo tiempo,  propiciando la aparición de incontables gotas carmesí – “Laman, vamos laman con fuerza” – animaba a los gatitos a alimentarse – “saquemos la carne hasta el hueso” – los alentaba eufórica, lamentándose por dentro de no poder poner la lija en su propia lengua.

Se sentó en el pecho del hombre, que aún vivo se trataba de defender inútilmente con movimientos torpes. Su peso lo inmovilizaba, sus manos se deslizaban sobando los gordos cachetes, las diminutas puntas de las lijas se prendían de cada poro, desprendiéndolo, jalándolo, despegando delgadísimos jirones ensangrentados, arrancándolos del rostro entre gritos y gemidos. Las lengüitas la acompañaban en su trabajo lamiendo con fuerza, sorbiendo la sangre. Bigotes manchados, hociquitos impregnados. Ojitos brillantes, grandes pupilas dilatadas de placer.

Metió un par de dedos en la boca del hombre cuyo rostro asemejaba a una máscara de carne molida, los abrió dentro de ella cortando comisuras con las filosas puntas; una grandísima sonrisa apareció en la otrora cara casi llegando hasta las orejas.

La pelirroja rió, rió como no lo había hecho en mucho tiempo, los maullidos la acompañaban como riendo también ante el trabajo familiar. Apoyó las dos manos sobre los ojos, sobo y sobo hasta que los parpados desaparecieron en lenta agonía, hasta que quedaron pegados en los guantes y solo los unían a el hilos de sangre y delgadas tripas de piel. Sobó y sobó hasta que los guantes rasparon los pómulos desnudos, pelados ya de carne y grasa, amarillentos huesos que entre mutilada carne se asomaban.

Los aullidos del hombre eran cada vez más débiles, su cara ya no existía, los gatitos sobre su rostro casi no dejaban verla, sus lengüitas no se detenían al igual que las manos de su madre. Gatitos blancos, negros, amarillos, grises y tricolores ahora todos unidos en monocromo escarlata, ensayaban sus colmillos arrancando tiras de piel colgada, pequeños tigrecitos salvajes.

El último grito se oyó al meter una larga uña metálica por el hoyo que había hecho el martillo en el cráneo, jaló los sesos hacia afuera que salieron  como una larga tira de salchichas rosadas y babosas que cayeron sobre la cama para deleite de los cachorros.


“Que desorden, que suciedad” – frunció el ceño la pelirroja mirando con ojos sonrientes a sus mininos que se relamían las patitas tratando de limpiarse. Arrojó los guantes al piso, en el cual se sentó lamiéndose el dorso de la mano y pasándolo por su frente limpiando poco a poco la sangre y coágulos que se habían pegado en su piel y en su cabello de cobre. 


*Para más historias de la pelirroja por favor click aqui.

viernes, 8 de septiembre de 2017

¡FELIZ CUMPLEAÑOS A MI!


*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Los brillantes colores de mi tiara de princesa reflejaban, en este día de setiembre, los rayos que el sol hacía lucir como partículas de oro en un haz de luz que penetraba por la ventana del castillo de ventanas góticas terminadas en punta como la más filosa espada.

Mi vaporoso vestido bailaba conmigo en una danza etérea acompasada con la música de violines que sólo yo escuchaba. Mis padres mil veces me habían tratado de convencer de que esas melodías no existían pero mis dedos reventándoles los ojos con la presión de solo mi fuerza, los habían persuadido de su existencia.

Sus cabezas me acompañaban ahora como pequeños candelabros para una sola vela y custodiaban a las de mis otros invitados que presas de la emoción de mi cumpleaños habían venido a saludarme.

No sé porque me niegan el placer de danzar mi baile, no sé porque no escuchan lo que yo, no sé porque me miran con ese rostro desencajado, no sé porque sus lenguas son tan difíciles de arrancar, pero no imposible, nada es imposible con la fuerza que nos da Dios padre.

Siempre respeté a nuestro Señor, siempre me inculcaron la fe católica. Por esto agradezco cada año al creador por uno más de vida. Especialmente éste en que me había rodeado de mis seres más queridos, los cuales me festejaban entregándome su más preciado don, la vida mortal que representada en sus cuerpos desmembrados daban el color y la humedad a mi pastel de cumpleaños.  Soplemos las velas.