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jueves, 12 de julio de 2018

CADA ALIENTO QUE TOMAS


*Favor de leer con la canción adjunta.


"Every move you make
Every vow you break
Every smile you fake
Every claim you stake
I´ll be watching you"

Canto muy bajito arrodillado en el borde de tu ventana. Tu cabello vuela llevado por el aire del ventilador que se mueve acompasadamente como meciendo a un niño. Echada en la cama, ojeas tu revista mientras los posters de Michael Jackson y Bruce Springsteen miran a la nada y su piel brilla sudorosa por algún baile realizado.

La música de The Outfield suena cuando, de pronto, se traba el cassette y tienes que sentarte para sacarlo y acomodar la cinta dándole vueltas con aquel lapicero rosado que siempre usas en clase.

Espero a que termines, el sonido de la música me ayudará aunque no sea mi favorita. Yo sigo tarareando la canción que me hace pensar en ti desde el día en que no aceptaste mi invitación. Sé que algún día lo harás. No te soy indiferente. Por eso te doy la oportunidad estando siempre donde estás tú, mirándote, observando cada movimiento que haces y cada sonrisa fingida.

Te echas boca abajo, nuevamente, apoyando tu rostro en la mano, puedo ver tu brazo lleno de “cueritos” al acercarme, ya he reptado sobre la ventana y me acerco a ti cubierto por esa media penumbra en la que tienes tu cuarto.

Mi mano tapa tu boca muy rápido, jalándote al piso conmigo, un fuerte golpe con tu raqueta de tennis te deja sangrando y semi consiente, me gusta como tus ojos no pueden enfocarme y como tu boca se deforma al tratar de hablar.

"Oh can´t you see
You belong to me"

Sigo cantando a medida que, cargándote, te saco por la ventana y te jalo del brazo arrastrándote hacia aquel bosquecillo detrás de tu casa mientras la herida de tu cabeza va dejando un delgado hilo de sangre en el camino y tu corazón late cada vez más lento por cada aliento que tomas.

"I´ll be watching you
I´ll be watching you
I´ll be watching you..."


miércoles, 20 de junio de 2018

ALAS MARCHITAS



*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Sus ojos cerrados sentían, sobre sus parpados, cada nota. Su cabeza, apoyada en el violín, se movía al compás de éste, del movimiento que sus manos le infringían al instrumento de sus desventuras.

En su cabeza dañada, las imágenes de sangre venían solas y recurrentes. Bellas manchas escarlata que formaban dibujos irreverentes, imposibles. Sangre de sus víctimas que coleccionaba en sus vestidos blancos.

La violinista lamía por momentos el arco, el arco que teñido de sangre era compañero de sus escapes. De sus aventuras en la tierra de los muertos, pues luego de su paso, ya no podía existir vida, debía llevarse alguna de las almas, engendrar dolor.

Sus pasos, las huellas que dejaba en el camino, eran cubiertas con lágrimas de sus semejantes que perdieron un ser querido en sus manos. Lágrimas de madres, cuyos pequeños durmieron en el regazo de la delgada asesina. De la pequeña parca disfrazada de dulce música.

Su rostro, en un gesto de placer sublime, se movía al compás de cada acorde que el violín lloraba. Sus ojos se apretaban en las notas más altas y su boca se relajaba en las más bajas.

Esperaba la hora etérea, la hora oscura, la más lóbrega de la noche, aquella que la invitaba a matar.

Bajó de entre los tejados que la cubrían, de los techos que eran su hábitat y su camino. Los pequeños eran su alimento, nutrían su placer más profundo, su apetito por la muerte, alimentaba su corazón enfermo con el palpitar de los pequeños corazones que se iban deteniendo en sus manos.

El cabello al viento, en un movimiento retrasado, la diferenciaba de cualquier ser mortal. Su deteriorada cabeza, como la de una muñeca, no se dejaba ayudar, ella era feliz así, malograda y rota.

Caminó, sus pequeños pies descalzos sobre la nieve de París no tenían frio, su clásico vestido blanco de tul llevaba, esta vez, los encajes más primoroso en los que, en poco tiempo, correría la sangre infantil llenándolos de vida, decorándolos.

A esa hora la iglesia estaba vacía. Solo los pequeños huérfanos dormían en los escalones, buscando una misericordia negada, la compasión que ni Cristo les había dado. El violín seguía resonando en su cabeza y ella caminaba a su ritmo, tarareando despacito.

Se sentó en un escalón de la iglesia, donde la nieve no había hecho escarnio todavía. Acarició el cabello de un ángel de ébano. Sus ensortijados rizos envolvieron sus dedos pálidos y largos. Levantó la frágil cabecita acomodándola en su regazo.

—Pequeño querubín de alas marchitas ¿qué hace un ángel como tú en el frío hielo? Bendición abandonada al frío invierno ¡qué cruel destino te espera en estas calles! — susurraba al niño acariciando sus cabellos negros.

El pequeño la miraba sereno, con los ojos entrecerrados por el frío, el hambre y el sueño. Un hada, pensó el pequeño, el cual no había sido acariciado por mano amorosa. Se dejó llevar por su cariño, no importaba de donde viniera, era calor, abrazó del talle al demonio mismo, escondido en la forma de una flor.

—Duerme pequeño serafín de negro cutis, duerme, cierra tus pequeños ojos de aceituna— sus dedos rodearon el cuello del pequeño que sintió el calorcito de su piel. Apretó sus manos de uñas largas, inclinó su cuerpo sobre el niño atrapándolo como nívea araña.

No pudo hacer nada el infante ante su fuerza, las blancas manos se llevaron su existencia , dedos marcados en su cuello ya sin vida. El arco del violín sirvió de daga, el arco preparado para estos hechos trágicos, afilado por su dueña de dulce vestimenta. Se hundió la punta en el pequeño pecho, corriendo hasta el estómago vacío. Pobre ángel hambriento que ella había salvado del aliento de la cruel vida.

La sangre brotó tibia como suave río, como delicado arroyuelo de tinta mora. Echado aun en su regazo, tiñó la blanca tela llenando el encaje del vestido , dibujando intrincados arabescos e hilos sinuosos que se impregnaban en el tul.

Alrededor, la noche abrazaba el aire. La luna acompañaba el sueño de los justos, de los abandonados. Se puso de pie, acomodó el cuerpecito en el escalón vacío, besó su frente agradecida por saciar su sed maldita.

Y se fue, chorreando sangre su vestido, cayendo en la nieve que se abría a cada gota. Se fue dejando muerte una vez más, se fue con su violín en la mano, tarareando como había venido. Se fue con su cabello negro que flotaba en el aire blanquecino. Se fue meciendo su cuerpo al compás del violín que fue acallando su sonido.

Nadie entendía su bondad.




viernes, 5 de enero de 2018

TAMIEL

Las campanadas de la catedral espantaban a los gallinazos que, negros, sobrevolaban el gris cielo de la ciudad jardín. Lima, oscura como siempre en los días de junio, reflejaba en sus pisos de piedra su tristeza más pura.

Las campanas llamaban a la misa como voces lúgubres entre la bruma de la húmeda mañana. Georgina, ocultaba su rostro tras la mantilla de encaje negro que caía sobre sus hombros, caminaba hacia la iglesia entre cantar de gallos, fantasmas y sombras. De su mano, colgaba un rosario y en sus labios la acompañaba la plegaria diaria:

-“Ayúdame San Tamiel, gemelo del mismo Dios, igual en poder, igual en grandiosidad, igual en benevolencia, todopoderoso Tamiel, santo entre los santos, solo por debajo de Yahvé”.

Uno a uno pisaba los escalones de la catedral que la llevaban a la imagen de aquel santo varón. Caminó a lo largo del pasillo de la nave izquierda de la gran iglesia, donde los santos famosos tenían grandes retablos de madera. Al final, en un delgado desnivel de la pared donde solo se llegaba por pérdida de los pasos o desviación de la fe, yacía su imagen sobre una pequeña columna, sin luz siquiera que lo iluminara. Se arrodilló delante de él. En su bolsillo guardaba la vela negra que aquel bendito ser exigía y la encendió esperando recibir su bendición mientras lo contemplaba extasiada.

Ahí estaba el en toda su gloria, su rostro delgado y de nariz larga apuntaban el piso de loseta recién pulida. Su ralo cabello apenas cubría su nuca y el plomo del yeso, con el cual habían modelado la figura, le daba a su piel un aire mortuorio.


En su mano, un bastón de punta redondeada que asemejaba, ¡santísima sangre de Cristo!, un largo y venoso falo, servía para castigar a aquellos que desobedecían sus normas. Su ropa raída tapaba su piel llena de llagas, producto de las santas orgías y sus excesos en vida por las cuales se le había condenado. Era un pecador redimido.

Georgina se preguntaba si muchos sabrían que bajo ese manto gris y marrón del santo, su espalda escondía un par de alas plegadas que rompían su piel atravesándola a la altura de los omóplatos  ¡Cuanto deseaba algún día poder verlas extendidas! El solo pensamiento la hacía arquear la espalda por el cosquilleo que le recorría la columna.

Arrodillada frente a él, en la penumbra de aquel escondido rincón, Georgina, esta vez, venía a pedir perdón.

Perdón por todos esos orgasmos reprimidos, por todos esos gemidos fingidos. Los pervertidos también tenían un santo y todos ellos sabían que si las depravaciones existían era porque Dios mismo las había dejado ser. San Tamiel cuidaba de que aquellas se cumplieran a cabalidad, en toda su magnificencia y su máxima expresión. Que se manifestaran en todo su éxtasis, que fueran reales, que no se osara romper la sagrada perfección de los excesos o los bacanales que sus feligreses, en su beatifico deseo, decidieran realizar.  Cada hombre, mujer, niño o animal debía cumplir su función so pena de molestar al santo patrón.

Georgina era la más ferviente beata, su más leal seguidora y creyente en sus poderes de cumplir cada uno de sus deseos más oscuros y temerosa de la ira del bienaventurado que tal como milagroso, era cruel sin miramientos.

Pero así como amaba a Tamiel, así era creyente en Dios y su hijo Jesucristo. De la sagrada trinidad; padre, hijo y espíritu santo.

Nada mejor que limpiar su cuerpo y mente con la palabra de Dios, con el espíritu impoluto que invadía su interior con cada Padre Nuestro, Salve o Yo Pecador.

No había domingo en que no asistiera a la comunión con Dios en la santa misa y venerara, al mismo tiempo, a San Tamiel, Patrono de los deseos impuros, un santo incomprendido. Pero ella atribuía su rechazo a la hipocresía de la gente que ocultaba sus más impropios deseos y apetitos.

Qué más demostración de sinceridad, honestidad y falta de falsedad que mostrarse a sí mismo tal cual somos y amar, en todas las posiciones, a tu prójimo, tal como dijo el hijo de Dios.

Ella no había podido conseguir al infante para la festividad de aquel día, su torpe e hipócrita sentido de decencia le había impedido cargar a ese hermoso querubín de rizos rubios y piel sabrosamente blanca que hubiera sido disfrutado por cada miembro de la hermandad del santo querido.

Una malvada vocecilla le había impedido separarlo de sus padres para convertirse en el objeto deseado de aquella fiesta del desenfreno con el cual se festejaba, por estas fechas, al querido San Tamiel, conocedor, tal como Dios, del bien y del mal.

-“¡Maldita moralidad!¡Perversa integridad!¡Desgraciada probidad que me impidió complacerte! Que no me dejó tomar al crío para nuestra sagrada unión. Perdóname San Tamiel por mi debilidad y dejarme llevar por la conciencia”-

De pie se puso Georgina al oír el llamado a la eucaristía y acudió a la comunión por la hostia consagrada. Tomó con las manos la blanca oblea y la llevó hasta los pies de Tamiel, que en ladino silencio, la esperaba.

Pasó el sacrosanto pan por los pies del santo y por cada pedazo de piel que mostraba la imagen. Se atrevió a sobarla entre sus propias piernas para, con un suave gemido ahogado, posarla en su  boca y sentir a ojos cerrados como se diluía en su lengua. La saliva mezclada con el sacro pan bajaba por su garganta, el placer más sublime cuando los músculos de su cuello deglutían, tragaban el líquido blanco que llenaba de sabor su interior y calentaba su vientre. Era el momento supremo de cada domingo, el instante en que se unía con él, el minuto que le servía para darle razón a cada día de su vida.

En arrobamiento estaba cuando la vela se apagó de pronto. La iglesia alrededor fue desapareciendo tras un manto negro que comenzó a ocultarla. Un estremecimiento recorrió su maduro cuerpo y la hizo caer sentada mirando de cara al santo que con un movimiento brusco volteó el rostro hacia ella.

Georgina abrió los ojos que luchaban por no salirse de sus órbitas y abrió la boca en un grito que no llegó a presentarse. San Tamiel ya estaba delante de ella tomándola del cuello con su mano de yeso frío.

La miró con sus ojos negros sin vida, como un par de botones brillosos sin fin en donde la mirada se pierde en la profundidad de la negrura.

-“¡Mil veces maldita! ¡Por tu obscena decencia no podrás nunca más disfrutar del placer más básico y necesario del hombre!¡Inmunda meretriz de vientre seco, no disfrutará tu garganta del lúbrico placer de sentir la sensación de unirse en comunión conmigo!” – escuchó la devota clamar en sus oídos.

La beata quedó arrodillada en el frío piso con la cara cubierta por sus manos, levantó el rostro lentamente para ver a la gente que, mirándola, ya salía de la santa misa que acababa de terminar. San Tamiel estaba impoluto, quieto, en el oscuro altar donde siempre lo encontraba.

Se encaminó a su casa aun temblando al recordar el episodio, ¿habría sido un sueño? ¿Su conciencia por el incumplimiento de su deber para con su santo patrón?¿Alguna alucinación presa de su  culpa?

Llegó a flagelar su cuerpo, nada más satisfactorio que girones de piel arrancados por los maravillosos pedacitos de metal incrustados en sus fustas que limpiaban su alma de todo pecado.

Se dispuso a desayunar sobre la mesa cubierta con mantel de blanco lino. Sirviose el café amargo que humeaba llenando el ambiente de más humedad de la ya habida. Sus labios se posaron temblorosos en el borde de la taza recordando el episodio.

El café caliente llenó su boca, bañó el interior de sus mejillas, su lengua y su paladar, el sabor agrio pero delicioso la hizo olvidar, por un momento, lo acontecido minutos antes.

Se puso rígida en un instante, los músculos de su cuello no la obedecían, lo intentaba mil veces sin resultados, el café aun reposaba en su boca quemándola. Le era imposible tragarlo, no pudo evitar aspirar aire sintiendo el ahogo que le provocaba el líquido en su boca. Fue peor aún, el café ingresó por su tráquea y esófago dejándola sin aire. Cubrió cada conducto respiratorio por el cual la vida entraba a su cuerpo.

Desesperada perdía el control de sí misma, se movía en todas direcciones intentando tomar el aire necesario. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al pensar en una muerte tan absurda ¡por un sorbo de café! Sus manos golpeaban desesperadas las paredes y saltaba, corría y caminaba exasperada al sentir el ahogo inminente.

Minutos duró la tortura y el café desapareció de sus vías respiratorias, tomó una bocanada de aire que, ella sintió, le salvó la vida. Su corazón latía saliéndosele del pecho y un sudor frío, de miedo infinito, recorrió su espalda.

Intentó tomar un poco de agua para refrescar su garganta raspada por el esfuerzo. Los resultados fueron los mismos, sin embargo, esta vez, ni siquiera la intento tragar, solo la escupió al sentir que los músculos de su garganta volvían a rebelarse contra sus órdenes.

Fue a la cama a descansar, temblando aun por el miedo de lo sucedido. Ante sus ojos cerrados, plasmado dentro de sus párpados, San Tamiel repetía su condena.

Despertó al mediodía más relajada. El recuerdo del café y el ahogo estaban quedando atrás y la verdad, ya se le antojaba el agrio saborcito en su boca. El almuerzo también le apetecía, sirviéndose un gran plato de éste.

¡Debía ser una pesadilla! el arroz atragantado en su esófago cubría, como más temprano, también la tráquea dejándola sin respiración. Más tiempo quedó Georgina sin aire esta vez. El arroz era sólido y no desapareció tan fácilmente como el café de la mañana.

Los días pasaron, la beata caminaba apoyándose en las paredes ante tanta debilidad. Alrededor la gente comía y bebía. Sus repisas, sus cajones y alacena, repletos de comida y agua, se burlaban de su desgracia.

Moría de sed rodeada por líquido y de hambre sin que le falte alimento. ¡Qué no hubiera dado porque un poco de líquido pasara por su cerrada garganta!

-“San Tamiel, apiádate de mí, aparta de mi este cáliz. Demuestra la misericordia que el todopoderoso Dios no mostró por su hijo. Comprueba que eres mejor que El” – rezaba con la boca seca, con los labios partidos de sed y el sonido de sus entrañas rugiendo por el hambre y quemando por los jugos gástricos que la devoraban por dentro.

Cada trago de agua de la gente que pasaba por su lado, la enloquecía; ver las gargantas moverse, en la dulce acción de tragar, era su martirio.

El siguiente domingo llegó encontrándola famélica. Salió de la oscuridad de su casa arrastrándose, agarrándose de las paredes hasta la santidad de la iglesia donde San Tamiel, seguro conmovido por sus reiterados rezos y pedidos de perdón, la disculparía y le quitaría el castigo. Estaba segura que apenas la hostia se derritiera en su boca, bendeciría su garganta y la abriría nuevamente.

La hora de la eucaristía llegó finalmente, apoyándose en las bancas se acercó al altar, donde el padre Ludovico poso su mano en su frente haciendo la señal de la cruz y tomando una hostia consagrada en la sangre de Cristo, la poso en la lengua salida de Georgina que en éxtasis la extendía.

Se puso de pie como pudo, sus pasos la llevaron al oscuro rincón de le efigie de yeso. La hostia iba derritiéndose con el calor de su lengua. Esta vez no esperó pasarla por la piel del santo, no esperó acariciar su propia piel con ella, no escuchó su gemido tímido y bestial al mismo tiempo. Sólo necesitaba sentir la saliva llena de santidad cruzar su garganta, acariciar su esófago y caer sobre los jugos gástricos de su estómago apangándolos cual infierno consumido en agua bendita.

Llegó a los pies de Tamiel, los beso sin poder aun consumar el acto de la deglución deseada. La garganta relajada no se movía, los músculos de ésta, como cárcel infernal, retenían el líquido bendito comenzando a bajar por su tráquea, aspiró involuntariamente, sintiendo el ahogo una vez más. Los pedacitos de hostia no diluidos, se le pegaron a las paredes de los orificios de aire, la pequeña porción de agua, que en su interior se asemejaban a un mar entero, inundaban éstos al mismo tiempo.

Se ahogaba con el objeto más sagrado de sus mórbidas fantasías.

“¡Tamiel!”- intento gritar con su último aliento, cayendo al piso al mismo tiempo. La saliva se incrementó por el esfuerzo de respirar, la lengua amoratada sobresalía dándole a su rostro un gesto horrendo.

Georgina miró al santo que esbozó una sonrisa en su cara de yeso, liberando a la beata del castigo.
Volvió a respirar Georgina con una aspiración ruidosa. Se tocó el cuello por el alivio que le causaba el aire nuevamente corriendo por sus pulmones.

Se abrazó a los pies del santo, sabía que no iba a abandonarla, que no podía dejar así a su más fiel devota.

Georgina levantó la mirada agradecida, el santo bajó la mirada complacido. Abrió la boca para advertirle que no admitiría otra falta.

La mujer abrió los ojos violentamente, su boca se desfiguro ampliándose en forma grotesca, la lengua se volteó hacia atrás cubriendo la garganta completamente, la saliva aumentó sin parar llenando su garganta, chorreaba por su boca haciendo charcos babosos alrededor de sus manos que apoyadas en el piso lo golpeaban sin parar. El miedo se reflejaba en el agrandamiento de sus pupilas, las venas de sus ojos comenzaron a reventar convirtiendo su mirada en sangrienta agonía.

Su rostro se puso rojo con el color de la muerte que llegaba enmascarada de asfixia.

Tamiel la vio morir, impotente, quieto, sin vida ni alma, ni movimientos, ni palabras, como siempre había estado. Sólo vivo en la degenerada fe de la mujer que luchaba intentando tomar un aire que no llegó nunca. Colapsó entre gemidos de ahogo, entre lágrimas de esfuerzo, rodeada del miedo más aterrador y la sofocación que le fue quitando la vida lentamente. Su última visión fue hacia una olvidada lápida de mármol de algún mártir olvidado que rezaba:


"Yo soy el Señor; ¡Ese es mi nombre! No le daré mi gloria a nadie más, ni compartiré mi alabanza con ídolos tallados" - Isaías 42:8

“No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahve tu Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad (…) de los que me desprecian” – Exodo 20:5



jueves, 20 de abril de 2017

ORGASMO

Mis ojos abiertos solo veían tu cuerpo sobre el mío, el vaho que tu piel expelía me envolvía en el torrente de deseo más sublime y salvaje. Nunca en mi vida tuve un hombre que me hiciera temblar la tierra, que me pierda en el placer y que me haga olvidar la existencia mientras me tenía entre sus brazos.

Tus largas caricias me embriagaban haciéndome abrir la boca en gemidos ahogados y algunos escandalosos. Tus manos manejaban mi cuerpo como si éste fuera una muñeca de trapo que encontraste en cualquier lugar.

Cada pose, cada sucia palabra,  cada mordida y arañazo sorpresivo me llevaban a un nuevo nivel del placer más febril.

Había encontrado al fin lo que tanto había esperado, lo que tanto había pedido, lo que solo vi en películas y que supuse, no existía o yo no conocía.

¿Cómo era posible que alrededor mío la gente hablara de sexo lujurioso, de actos en los que no escuchaban, no oían, no olían ni saboreaban otra cosa que no sea el cuerpo de su amante de turno?

¿Por qué yo solo veía el techo o el colchón y pensaba en qué tenía que comprar para la comida de la semana mientras era poseída por un cuerpo caliente pero no vibrante?

Yo era tan simple, tan sencilla en mi forma de ser, de vestir, de vivir.

Mi vestido azul había sido roto por ti, embestido por tus grandes manos que echaron mi pequeña canasta de costura sobre la cama tirando los carretes de hilo multicolores, centímetros y tijeras sobre ella.

Encima, mi cuerpo ya semidesnudo bajo el tuyo se envolvía en mil hilos que lo apretaban cada vez más llegando a cortar la piel en algunos lugares en los que hacías presión olvidado en tu propio placer. Mi piel no se quejaba, al contrario, disfrutaba de aquel placentero dolor que se dibujaba como mapa cartográfico del propio Eros en mi piel desnuda.

El éxtasis llegó al mismo tiempo, en alaridos bestiales, en movimientos salvajes, en sudores compartidos y respiraciones entre cortadas.

El primer orgasmo estaba a mis puertas, entre las dos delicadas medias lunas que cubrían la entrada a mi entraña eterna.

Gemiste como animal en celo, como salvaje ser en el acto más básico y carnal mientras llenabas mi interior con tu simiente.

Mis manos asieron las tijeras que con un corte certero te abrieron el cuello como la boca más provocadora a un beso. Fui bautizada por tu liquido tibio que caía a chorros cual río de añejo vino sobre mi blanco cuerpo. Tus ojos desorbitados y tu boca abierta en un grito silencioso me hicieron entrecerrar los míos en un orgasmo aparte.

La tibieza de tu sangre recorría cada centímetro de mi piel, cada pliegue , cada hoyuelo y convexidad. Mi boca se llenó de ella cayendo como delicada pileta por la comisura de mis labios.

Flotaba en un mar rojo sobre blanca sábana donde me hundía en lúbrica pasión. Las pequeñas olas que se formaban en cada movimiento de tus fúnebres espasmos me tocaban como pequeños dedos infringiéndome crueles cosquillas.

La blanca palidez reinaba en tu rostro vacuo de vida, tu postrero gemido fue comido por mi boca abierta que atrapó tu aliento final. Mis muslos aferraron tu miembro en su última embestida.

El peso de tu cuerpo sobre el mío como minutos antes había sentido; cobraba, esta vez, nuevo significado. Más pesado, más entregado, más mío. 

Totalmente mío, me cubría para nunca más sentir.

lunes, 30 de enero de 2017

ENAMORADO

“Los demonios también se enamoran” – pensaba mientras escribía tu nombre en el piso. Corazones ridículos salían de mis dedos que dibujaban enamorados esos símbolos tan infantiles que denotaban amor.

Una D acompañada de otras letras que formaban tu gracia*. Consonantes y vocales que creaban la palabra más amada por mí. Palabra que repetía una y otra vez hasta saciar mis ímpetus.

Los hermosos querubines amoratados revoloteaban alrededor de mi cabeza cantando tu nombre y tus encantos. Pequeñas gárgolas aladas volaban en círculos detrás de mis ojos, entre éstos y mi cerebro que se perdía en la nube morada de tu amor.

En mi mente blanquesina de angustia apasionada, decidí hacerte una ofrenda que representara todo el amor que te tengo. Un corazón sería ideal, uno de linda cartulina roja con letras del mismo tono brillantes y coloridas.

El cuter sería mi herramienta para darle forma a esta diminuta obra de arte representante del amor que siento por ti.

La misma tinta que utilicé para las letras que escribía, serviría, pero debía conseguir más.

Levanté la plateada cuchilla del pequeño instrumento, brilló ante mis ojos reflejándose en mis iris, destellando en la afilada pupila.

La lamí, lamí la cortante hoja como quien lo hace con la lengua deseada, como quien prueba la piel de la parte más íntima del ser amado, como aquel beso lascivo que llena de saliva hasta el alma más pura.

Mi lengua se fue abriendo a su paso incisivo, bifurcándose como la de quien le dio la manzana a Eva. Sentía moverse cada lado de ésta independiente, como serpiente de dos cabezas, como húmedo Cancerbero.

La tinta fue cayendo, humedeciendo mi barbilla hasta el frío suelo y mojando mis dedos una vez más en ella, comencé q escribir en el corazón de cartulina roja representante del amor que siento por ti.



*Gracia = Forma antigua de llamar al Nombre

jueves, 29 de diciembre de 2016

GULA

“¡Maldita sea tu sangre!” – gritaba el marido a la mujer mientras ésta se esforzaba por mantener a los niños sentados en el mueble de tres cuerpos sucio de babas y escupitajos que ellos mismos provocaban.

El siempre la había culpado de la enfermedad de los hijos, ella recibía el castigo resignada a su vida miserable.

Los tres niños amarrados uno al lado del otro no podían mantenerse sentados por sí mismos, sus cuerpos se balanceaban de una manera compulsiva y sus bocas hacían ruidos guturales mientras su saliva chorreaba por sus pechos manchados de comida seca.

Sucios y descuidados chillaban como cerdos sin emitir palabras entendibles, su sola vista era repugnante y su olor nauseabundo por la falta de aseo y abandono en que los tenían.  El padre los insultaba llamándolos monstruos y la madre los mantenía vivos alimentándolos más de fuerza que de ganas.

Ella se dedicaba a darles de comer casi exclusivamente, los engendros no se llenaban y bufaban por que los sigan alimentando sin parar; masticaban, escupían y se atragantaban dejando caer el bolo alimenticio baboso y sanguinolento por las mordidas que se daban en la lengua al comer desesperados.

En un descuido, mientras los padres salieron a discutir sus infortunios como lo hacían regularmente terminando en la golpiza de la madre, los monstruos se desataron comenzando a avanzar empujándose entre ellos, se sentaron en el piso quitándose los protectores bucales que cubrían sus labios aprisionándolos mientras no estaban comiendo.

Comenzaron a llevarse los dedos a la boca. Los dientes arrancaban la delicada piel de las yemas dejándolas en carne viva, la sangre caía pintando los dedos y las palmas del brillante rojo de la sangre vívida. Las mordían incesantemente hasta hacer de las falanges masas informes, húmedas y gelatinosas.  Las uñas fueron desapareciendo entre los dientes, no sentían dolor, las extirpaban salvajes destrozándolas. Tomaban los colgajos de carne entre los labios jalándolos, desnudando los dedos de piel.

Las manos se deformaban por la mutilación ante el hambre insaciable de los críos. El dedo medio se volvió meñique, el anular tornó a pulgar por las partes cortadas por los dientes ávidos.

Ahora el final de sus brazos sólo eran muñones sanguinolentos que se golpeaban unos contra otros, manchando sus ropas, sus caras, pisos y muebles de espesa sangre que era absorbida por ellos.

Pero el hambre no se acababa, seguía tan anhelante, sedienta y codiciosa como cada día. El mayor de los monstruos, con los ojos desviados y babeante de saliva, se apoyó en el sucio respaldar de un sillón. Frunció los labios para luego hundirlos entre los dientes y ¡comenzó a comer!

¡Si! Comíase la cara como poseído por algún demonio devorador. La boca se convirtió en un hueco de rosa carne gelatinosa, los dientes sobresalían sin labios que los cubrieran. La sangre se combinaba con la saliva que salía ahora sin medida. Los dientes seguían mordiendo la piel de la cavidad bucal. Las mejillas fueron mutiladas, su cara llena de huecos mostraba su asqueroso interior. Dientes, lengua, paladar, se mostraban a través de los hoyos producidos.

Los hermanos, imitando al mayor, devorábanse a sí mismos mientras el primero lloraba desesperado al no tener nada más al alcance de sus dientes.

Ante el escándalo, los padres entraron encontrándose con el cuadro de horror, suciedad y sangre. Pedazos de piel esparcidos en el suelo, dedos, uñas, sus hijos comiéndose sus propias lenguas.


De un portazo el padre huyó abandonado a la desesperación. La desesperación de la madre la abandonó a sus hijos, a sus engendros, a sus monstruos, tendiéndose en el piso para que dejen de llorar.


* 600 palabras
** Relato presentado a ambos concursos
*** La enfermedad automutilante existe y es llamada Síndrome de Lesch-Nyhan

jueves, 20 de octubre de 2016

CRÓNICAS: ANTROPÓFAGO


*Favor de leer el texto escuchando la melodía adjunta.

Hambre, hambre endemoniada que me carcome el cerebro y el estómago podrido de hoyos supurosos que debo llenar con el manjar más fino, más raro y común a la vez.

Hoy será una bella joven, la tengo ya tres días dándole sólo agua. Es la única forma en que la piel se despegue del músculo sin mucho esfuerzo, además de purgar el sistema y los desechos corporales. El pellejo humano es un órgano grande y difícil de retirar. Lamentablemente no existe un mercado para este tipo de piel así que no vale la pena arrancarla prolijamente.

Igual no soy ningún salvaje, debo preparar los alimentos limpiamente, nadie quiere pescar una infección ya que ahora hay tanta depravación y la materia prima de mis alimentos está cada vez más expuesta a enfermedades y virus.

Voy entrando a la habitación donde se encuentra y aunque suene cliché el sótano es la mejor opción ¿Dónde más podrían no ser escuchados sus gritos y lamentos? Pongo mi vinilo del gran Carl Orff con una de las canciones de mí opera favorita: O Fortuna. Sólo el arte puede acompañar al arte.  Quien me diga que no es un arte preparar al animal humano para su consumo, no sabe de lo que habla.

“O Fortuna
Velut luna
Statu variabilis”

Aún está echada en el camastro de metal oxidado que le ha servido de lecho. Está desmayada, definitivamente los golpes secos y rápidos son los mejores para dejarlos inconscientes. No he querido darle sedantes pues cambian el sabor de la carne.

Un poco de cinta aislante en la boca acallará cualquier grito.

Diestro como soy en el arte del cuchillo, doy un par de cortes atravesando la parte posterior del Tendón de Aquiles, los intentos de gritos del animal acompañan mi canturreo de la melodía que estalla en el recinto mientras atravieso las incisiones con los ganchos de colgar carne.  La pequeña polea levanta los ganchos hasta poner el cuerpo de cabeza.  El animal se sacude furioso sin resultados. Mejor, eso hará que el corazón bombee más y el sangrado sea más rápido.

“Semper crescis
Aut decrescis
Vita detestabilis
Nunc obdurat
Et tunc curat
Ludo mentis aciem
Egestatem
Potestatem
Dissolvit ut glaciem”

Sus manos atadas me facilitan el trabajo. Tomo su cuello entre mis dedos presionándolo fuertemente para inmovilizarla y rápidamente hundo mi cuchillo plano en una esquina de la quijada dando un largo corte de oreja a oreja abriendo la garganta y la laringe, lo cual, convenientemente ya no le dejara emitir sonidos por lo cual mi versión de O Fortuna se escuchará más limpiamente.

“Sors immanis
Et inanis
Rota tu volubilis
Status malus     
Vana salus
Semper dissolubilis
Obumbrata
Et velata
Michi quoque niteris
Nunc per ludum
Dorsum nudum
Fero tui sceleris”

Pongo un recipiente abierto y grande bajo el cuerpo, va llenándose de sangre roja, espesa y pegote después de que el primer chorro me da de lleno en el pecho al separar con el corte las arterias carótidas y vasos sanguíneos.  La sangre entibia mi cuerpo como los brazos de la más amorosa madre. Los coágulos se pegan a los bordes de la vasija goteando al piso y manchando la orilla del depósito. Charcos escarlata rodeándome. La sangre se desecha pues no tiene ninguna utilidad por el riesgo del VIH y otras enfermedades circundantes, por eso lo importante también de escoger un buen espécimen. Una chica entre los 15 y 20 años es ideal, su cuerpo desarrollado tiene más carne que el de los niños. Cada vez se sacude más débilmente cual bailarina clásica. Podría jurar que lo hace al compás de la melodía.

Su vida se va yendo, la sangre que borbotea desde su cuello diseña delicadamente líneas abstractas en su rostro y por momentos llena su boca y su nariz haciéndola emitir arcadas cada vez más endebles. Sonrío al ver el arte que pueden crear mis manos y le canto sin dejar de mirar sus ojos desorbitados de horror. Sé que en el fondo, ella me agradece por compartir sus últimos momentos deleitándola con mi lírica voz.

“Sors salutis
Et virtutis           
Michi nunc contraria
Est affectus
Et defectus
Semper in angaria
Hac in hora
Sine mora
Corde pulsum tangite
Quod per sortem
Sternit fortem
Mecum omnes plangite”

Mi canto retumba en el sótano cerrado mientras veo la sangre disminuir su flujo.  Su cuerpo cuelga ya flácido y estático como hoja abandonada al viento.

Me acerco a cortar el cuello siguiendo la abertura de la laringe desde la mandíbula a la parte posterior del cráneo separando el musculo y el ligamento que lo unen a la medula espinal, me agacho a besar sus labios ensangrentados de los cuales aún chorrean hilos de bermejo líquido y con mis manos retuerzo la cabeza hasta arrancarla al tiempo que canto mi Arias* como el mejor de los tenores. Los nervios y ligamentos quedan colgando sanguinolentos, como pequeños fideos sonrosados temblorosos mientras miro a los ojos de la cabeza del espécimen cantándole como un homenaje a quien será mi alimento.

“Fortune plango vulnera
Stillantibus ocellis
Quod sua michi munera
Subtrahit rebellis”

Ya tengo la cabeza separada y le saco ojos y la lengua, un pequeño desarmador bastará para reventar los globos oculares, los saco de sus órbitas, el humor acuoso baña mis manos con ese líquido espeso y transparente. Paso las manos por mi rostro mojándolo todo, tengo su olor conmigo. Jalo la lengua con fuerza con un alicate hasta arrancarla de cuajo de la boca para finalmente extirpar el cuero cabelludo y desollar la piel del rostro.

Suelo quedarme con un recuerdo de mis potajes, así que pongo la cabeza en una jaula, escondida entre las plantas del jardín para que las hormigas y otros bichos rastreros hagan el trabajo de limpiar la poca carne que le queda.

La melodía envuelve el lugar y mi cuerpo, siento cada nota en mi garganta que canta con la misma pasión con la que mi cuchillo entra a la primera capa de piel sin tocar músculo ni vísceras. La arranco jalándola hacia arriba con una mano mientras voy destazando con el cuchillo con la otra.

“Verum est, quod legitur
Fronte capillata
Sed plerumque sequitur
Occasio calvata”

Dejo las manos y los pies tal como están, hoy no haré sopa. Sólo me quedaré con unos trozos de piel para hacer fritangas de delgadas tiras de piel que se fríen en aceite hasta quedar crocantes, espolvoreadas con sal y pimentón.

¡Llega la parte más apasionada de la melodía justo en mi fase favorita, el evísceramiento del cuerpo!

“Verum est, quod legitur
Fronte capillata
Sed plerumque sequitur
Occasio calvata”

Mi pequeño machete entra en el plexo solar, el punto entre el esternón y el estómago, bajando hasta casi el ano, tengo mucho cuidado de no cortar los intestinos, no quiero que la porquería se riegue dentro del cuerpo.

Ahora la herramienta que prefiero ¡la sierra! Aserro el hueso púbico hasta partirlo, así como el esternón. Al fin tengo el cuerpo abierto totalmente y me puedo dedicar a cantar relajadamente mientras extirpo riñones, vaso, hígado, pulmones, corazón, tripas y todo vaso sanguíneo restante del interior. Finalmente, meto la mano a través del pecho hacia el cuello arrancando entre mis dedos la tráquea y la laringe. Maravillosa sensación de los suaves órganos entre mis manos, suaves, húmedos, resbalosos, manchados aun de roja vida.

Separo miembros, una buena cortada de la axila al hombro separa los brazos y otra sobre la cabeza del fémur separar las piernas.  Aquí es donde está la mayor parte de la carne, entre el hombro y el codo y en los muslos ya que los músculos son más grandes en esas partes, salivo de sólo pensar en ellas y mis ojos, involuntariamente, se voltean hacia arriba como en el más satisfactorio éxtasis.

“In Fortune solio
Sederam elatus
Prosperitatis vario
Flore coronatus”

Así tenemos el cuerpo listo para ser dividido. Personalmente prefiero aserrar a través de la espina dorsal, separando ésta desde las nalgas al cuello, ya que al adherirse muy bien la carne a ella es muy buena hervida en sopa.

Dejaré los miembros para más adelante colgándolos de los ganchos de carne. Se ven apetitosos. La música me acompaña mientras corto hermosos filetes redondos y gruesos, rompo costillas y deshueso separando la deliciosa pulpa de pura carne.

“Quicquid enim florui
Felix et beatus
Nunc a summo corrui
Gloria privatus”

No hay que ser codicioso, no quiero pecar de gula, siempre he respetado a Dios y sus diez mandamientos, felizmente ninguno habla de la alimentación con los semejantes, sólo habla de amarlos igual que a uno mismo. Y no pienso en otra forma de amar más profunda que la de llevarlos dentro de uno.

Llevo al congelador las partes que no usaré en este momento, un muslo será suficiente por hoy.

“Fortune rota volvitur
Descendo minoratus
Alter in altum tollitur         
Nimis exaltatus”

El olor del carbón ardiendo en la parrilla me llena el olfato y el alma que se calma al sentir entre mis manos la preciada presa. Coloco los filetes de muslo en la marinada que previamente preparé y la dejo reposando. Reposando su muerte, reposando mi vida, reposando entre las últimas notas de la pieza de arte sobre mi obra maestra.

“Rex sedet in vertice
Caveat ruinam!
Nam sub axe legimus
Hecubam reginam”



*ARIAS: Son las partes más importantes y más vistosas de la ópera. Realizadas por solistas; la acción se para y el cantante expresa sus sentimientos por medio del lucimiento de su voz.


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jueves, 13 de octubre de 2016

DEBATE

“Tiembla la tierra, las nubes, el corazón y el hígado. Cada uno con su propia razón. La tierra por sus demonios, las nubes por los ángeles que caen de ellas, el corazón, ¡Ah el corazón! Por todo de lo que lo intentamos convencer, como si fuera el cerebro y nuestro pobre hígado por los sufrimientos y la bilis de los que nuestro corazón es el culpable” - Todo esto me lo decía Priscila apenas me levanté, no podía hacerla callar, nunca puedo, debe ser porque es la única mujer que está dentro de mi cabeza.

“Déjala Diego, no le hagas caso, déjala hablar, es una resentida de los hombres de esas que puedes encontrar debajo de cada piedra que levantas” - me decía el paciente Facundo.

Las voces tenían, esta noche, un debate en mi cerebro, el cual no quería escuchar.

“¡Escúchame Diego, escúchame a mí!”- me gritaban al unísono…….tal vez……solo tal vez……¡sí! ¡Era la única forma!....siempre lo era.

Tomé mí hacha y salí, las voces se callaban apenas veían sangre.