lunes, 22 de junio de 2015

VERDUGO



Las paredes pétreas me rodean, sus voces ahogan mis propios pensamientos y ensordecen mi mente.
Lamentos, suplicas, gritos de terror y de dolor.
Agarro mi cabeza y la sacudo tratando de eliminar esas voces que me carcomen el alma.
Sentado en mi celda, espero al verdugo sin resignación.
No es justo, nada hice, me sacaron de mi casa a rastras una noche, arrastraron mi cuerpo por el camino empedrado donde fui dejando jirones de mi camisón y de mi piel. Sus batas blancas con la cruz roja en el pecho y sus máscaras terminadas en punta, les daban un aire fantasmal y de ultratumba.
¡Hereje! - me gritaban - ¡Blasfemo! - chillaban.

Dos de ellos me tomaron de los brazos, me levantaron lanzándome a la jaula en la parte de atrás del pequeño carruaje que era tirado por un par de asnos. Los hombres del Santo Oficio caminaban a cada lado de éste, como una procesión mortuoria, sus antorchas satanizaban el recorrido, las flamas se deformaban ante mis ojos. Me hundí cayendo en el piso de paja sollozando, que horrores me esperarían, con que torturas harían doblegar mi espíritu. Con cuantas vejaciones romperían mi carne, mis articulaciones, mis huesos.
Mi corazón enloquecía en sus latidos, mis venas saltaban debajo de mi piel, el intento de respirar era sofocante y mi corazón no dejaba de latir en mis oídos, detrás de mis ojos, en mis sienes que reventaban, mientras mi cuerpo temblaba contrayendo mis músculos  como preparándose para el dolor futuro.
Interminables minutos después llegamos, la sala muy amplia con piso de mármol me esperaba con el Inquisidor y dos frailes, apenas si levantaron los ojos para mirarme, uno de ellos señaló la puerta que daba a los calabozos. Grité suplicando ser escuchado pero un golpe en la cabeza nubló mis sentidos.
Los gritos me despiertan, abro los ojos escuchando los gemidos. La oscuridad total me envuelve, me levanto palpando alrededor mío, nada, camino con cuidado, con los brazos estirados hacia adelante, no doy ni dos pasos y mis manos chocan con la pared de piedra, la superficie es fría e irregular, al igual que el piso, la palpo en todo lo ancho que puedo, sigo caminando con las manos apoyadas a la pared, tres pasos más y  encuentro el ángulo donde cambia de dirección, va tomando una forma cuadrada, en la última pared mis pies chocan con la reja que sirve de puerta, no es mas alta que mi cintura. Vuelvo a sentarme, la oscuridad es absoluta, algo peludo roza mi pie y me sobresalto lanzándome a un lado, quedo ahí agazapado pensando en mil monstruos que podrían ser. Mis ojos se esfuerzan por ver algo pero la oscuridad es perpetua, oigo un ruido del cual no me había percatado por el pánico inicial, es ruido de agua corriendo. Comencé a caminar a gatas tanteando el piso, mi mano se humedeció pero la retire asqueado inmediatamente comprendiendo que era la alcantarilla de los orines y excrementos, me limpie como pude contra una pared.
- Seguro fue una rata - pensé.
Los quejidos eran lastimeros, una mujer lloraba llamando el nombre de un hombre.
- Debe ser su hijo o esposo - concluí.
Me quedo sentado, escuchando alrededor, voces, metal golpeando, madera crepitante, palabras ininteligibles, no me doy cuenta del paso del tiempo, siento los ojos cansados, pesados, los párpados se niegan a quedarse abiertos y la tibieza del sueño me envuelve por más que mis instintos me dicen que no duerma, que me mantenga alerta.
El hierro candente quemando mi piel me levanta de un salto, la cadena me ahorca mientras me arrastran por el estrecho pasillo hacia una sala que me deslumbra con su luz.
- Diga su nombre - me solicita el inquisidor.
- Diego de Torres y Messia eminencia - respondí sin tardar - pero yo no he .....-
Un golpe del látigo rasgó mi espalda haciéndome callar. Arrodillado ante esos tres sacerdotes mi cuerpo tiembla por la ignorancia de mi pronto futuro.
- Es un hereje, idolatra, practica las artes oscuras de la magia y se le ha visto con gatos negros - grita el sacerdote más bajo y rechoncho apuntándome con  su dedo acusador - ¿cómo se declara? - pregunta como si fuera a creer la respuesta que le diera.
- Inocen......- otro latigazo corta mi piel antes de terminar mi inservible respuesta.
- Al potro - anuncia y ordena el inquisidor principal.
Me jalan llevándome hacia esa extraña cama de madera, en vano trato de soltarme de sus manos, no sé porque pierdo tiempo y energía.
Soy amarrado cual animal al cadalso, las cuerdas son apretadas hasta que cortan mi piel.
- ¿Con que demonio haces tus tratos hereje? - me interrogan gritando.
Mis ojos se abren inmensos no sabiendo de que hablan, a una señal el verdugo con el rostro cubierto da la vuelta a la rueda que tensa las cuerdas, solo veo su mirada fría, sin ningún sentimiento, escucho un grito que luego reconozco mío. Oigo otra pregunta con respuesta desconocida para mí, mis brazos y piernas se estiran mientras la piel de mis muñecas y tobillos se desgarran, las articulaciones se desencajan de sus coyunturas, los miembros comienzan a quemarme, los músculos se separan de mis huesos haciendo el dolor insoportable, mis gritos inundan el ambiente antes de perder el conocimiento.
El agua ahogándome me despierta al momento, me sueltan esperando que me ponga de pie, pero mi cuerpo hecho una masa informe no logra coordinar ningún movimiento, mis brazos y piernas cuelgan desde mi cuerpo, me arrastro como puedo hacia una esquina tratando de esconderme de mis verdugos, ellos incólumes van hacia mí, me levantan sin importarles mis chillidos sentándome en una silla de fierro donde atan mis destruidas extremidades. El verdugo prende el fuego debajo de la silla que se torna roja al calentarse, muevo el cuerpo tratando de levantarlo de la silla y mi piel se queda pegada en ella, me desolló vivo por la desesperación de morir achicharrado. Grito y me contorsionó pegando alaridos del dolor indescriptible, la conciencia viene y va de mi cuerpo, el infierno en la tierra no puede ser más cruel, lo que queda de mí se deja caer en la parrilla que es ahora la silla, ya no siento nada, veo mi cabello prenderse antes que la oscuridad me envuelva en sus brazos salvadores.
Me tocan el hombro.
- A trabajar - escucho la voz del padre Mateo despertándome - haz hablar a ese hereje!
Me levanto, me pongo la máscara negra de tela y en punta de mi oficio, empuño el látigo.
El pobre hombre me mira horrorizado sabiendo que el verdugo se acerca.