jueves, 25 de junio de 2015

ANIMAS BENDITAS



Una vez más los golpes en el armario. Como cada noche me despierta el golpeteo de la puerta de madera del pequeño ropero donde guardo las pocas ropas que poseo. Entreabro los ojos y me cubro con la almohada la cabeza, posiblemente así ya no los escuche.....Y siguen.
Me levanto a abrir las puertas y veo mi ropa colgada, las dejo así, tal vez se calmen. Me acuesto nuevamente. La luz nocturna, de los faroles de aceite de la calle, que entra por la ventana proyecta, en la pared,  sombras bailarinas que son producidas por mis camisas colgadas. El húmedo frío de Lima me impide dormir como cómplice del incesante tocar de mi armario.
Me niego a escuchar los consejos de mi madre.

"Son las ánimas del purgatorio hijo, quieren que reces por ellas, te han escogido para que ores en su nombre, ¡ayúdalas!"

Desde niño esos golpes en cajas, armarios y cualquier mueble de madera me habían despertado a medianoche, no dejaban dormir a nadie y mi madre había intentado rezar por ellas para que se calmen pero ella no era la llamada para tal acción.
Como todo buen limeño, tradicional y católico,  yo sabia que las ánimas del purgatorio estaban condenadas a vagar en este sitio de paso, entre el paraíso y el infierno, pues  necesitaban de la oración para que el buen San Pedro les abriera las puertas de la eterna gloria. El pequeño inpase era que los rezos de los difuntos, ya en este estado espectral, no eran efectivos y necesitaban a los vivos solicitándoles que oren más por ellos. Yo, bendito entre los benditos, según mi madre, era uno de los iluminados para rezar por las huesudas almas.
Ciertamente, ella, devota hasta el tuétano, me levantaba de un grito apenas el golpeteo comenzaba.

"Dieguito va por la Novena para las almitas, levántese pillo que así también se gana un lugar junto a nuestro Señor por salvar muchos pecadores para él y ya a su lado hace un lugarcito para la familia hijito"

Y de rodillas al lado de mi cama con mi madre como acompañante y verdugo nocturno comenzaba yo el rezo:

"Oh María, madre de misericordia, acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio, y presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu hijo, intercede para que los perdone de sus deudas........."

Terminado el rezo, el silencio reinaba y podíamos volver a la cama en paz.

Ya en la adolescencia las almitas me dejaron libre de sus golpes y correteos, mi madre escandalizada me dio buenos latigazos acusándome de haber hecho alguna diablura o haber tenido pensamientos o, Dios nos libre, acciones impuras y que por ese motivo las almas me habían retirado sus favores. Yo, por el contrario, bendecía cada noche que podía dormir completa y a pata tiesa, como dicen por aquí.
Unos años duró esta bienaventuranza, hace poco más de una semana comenzó el golpeteo fantasmal, nuevamente, a taladrar mi joven sien. Me negaba, como ya he referido, a continuar con las costumbres de mi madre y sus creencias cucufatas. Había dormido pocas horas los últimos días y mis ojos estaban tan rojos que cualquiera diría que mis iris flotaban en un minúsculo mar de sangre. Mi piel empalidecida por la falta de sueño y mi figura, antes delgada pero firme ahora lucía desgarbada y sin ánimo. Mirándome al espejo me decía que parecía estar transformándome en uno de mis cadavéricos flagelos.
Anocheció la novena noche de mi martirio y decidido estaba a aburrir a los muertitos no haciéndoles caso, ya se irían a buscar algún otro mojigato que rece por ellos. Un poco de cera en los oídos me ayudaría a no escuchar sus molestos golpazos.
Llegaron las doce, hora de las ánimas benditas, listo estaba a que comenzaran las llamadas, sentado en la silla mecedora que crujía con cada movimiento, miraba mi armario a la espera de los golpes. La noche se puso más fría y más oscura, las sombras se movían a mí alrededor, el campanario de la catedral cantaba las horas retumbando sus campanas que resonaban en mi habitación precariamente iluminada por mi única lamparita de keroseno. Una copa de vino ayudo a calentar mi cuerpo, el mecer de mi asiento comenzó a acunarme, no me di cuenta de en qué momento mi conciencia se perdió en los dulces brazos de Morfeo.
Dormí por unas horas, me levante sobresaltado, tocaban a mi puerta, las tres de la mañana sonaron en el tañido de las campanas de la Iglesia de San Agustín muy cerca de mi pequeño cuarto. Me levanté de mi asiento con pesar, estiré mi cuerpo resentido por haberlo dejado dormir sentado y caminé lento hacia la puerta preguntándome quien se atrevería a buscarme a esa hora y especialmente, por qué.
Abrí la puerta dispuesto a increparle al atrevido y quedé horrorizado ante la visión que se me presentaba, mi piel se erizó de pies a cabeza, mi cuerpo se negaba a moverse de su lugar a pesar de su temblor, mis dientes comenzaron a golpearse unos contra otros incontrolablemente y mis ojos se abrieron casi saliéndose de sus órbitas.
Un frío gélido invadió mi cuerpo que solo atinó a responder con una leve inclinación de cabeza a cada saludo que se me ofrecía de parte de los miembros de la procesión que pasaba por mi puerta.

Todos vestidos de frailes, cubrían parte de su rostro con una capucha que era parte de sus hábitos y llevaban en sus manos cirios encendidos que le daban a la procesión un aura sobrenatural. Este hecho no hubiera sido raro en una ciudad tan católica como Lima, si no hubiera sido porque la procesión se movía levitando sobre el piso de piedra, los pies de los frailes no existían y sus rostros eran sendos cráneos con huecas órbitas por ojos.
Cada uno, al pasar, apagaba y me entregaba el cirio que llevaba consigo susurrándome con voz de ultratumba:

"Hermanito, por favor, guárdeme la velita por esta noche, la pasaré a recoger mañana"

Incapaz de negarme a su pedido, tomé cada cirio y los fui acomodando en mi cuarto hasta que el último de los devotos se hubo alejado de mi morada, perdiéndose entre las brumosas calles que lucían solitarias a esa hora.

Cerré mi puerta lanzándome a la cama y cubriéndome hasta el rostro como si mi pobre sabana fuera el más grueso escudo espartano, no hube cerrado mis ojos hasta que, por cansancio, mi cuerpo cayó dormido.
La mañana siguiente me trajo una macabra sorpresa. Me levanté sin saber si todo lo acontecido durante la noche había sido producto de mi imaginación y de mi conciencia, por no haber cedido ante las demandas de oración de las pobres almas en pena.
Giré la cabeza hacia el lugar donde había acomodado los cirios pero ya no estaban ahí, en lugar de las gruesas velas se encontraba un montoncillo de canillas, me acerqué restregándome los ojos, por si los estragos de la mala noche no me dejaran ver con claridad, sólo para confirmar que si se trataba de los largos huesos. Toqué uno de ellos apenas rozándolo con el dedo, cuando al levantar la vista vi, con horror, mi cuarto convertido en un camposanto u osario.
De un brinco llegué a la puerta, mi corazón, como un loco, cabalgaba en mi pecho mientras corría hacia la iglesia cercana.
Al llegar al santo lugar toqué el portón desesperado sabiendo que volvería a tener la espeluznante visita por la noche, tal cual me dijeron las ánimas, para recoger sus cirios que se convirtieron en huesos.
Fray Gomes, un sacerdote que gozaba fama de santidad, abrió la puerta y que cara habré tenido que expresó:

"¿Hijo mío, que forma de tocar es esa en la casa del Señor y porque esa cara tan pálida? ¡Parece que hubiera visto usted al mismo Don Sata con todo y patas de chivo!!!"

Seguí al buen varón a la sacristía y le conté con detalles toda mi penosa historia de cómo las ánimas se me habían presentado en procesión por no haberles rezado y mi temor por su futura visita preguntándole que hacer para que no me lleven con ellas. El sacerdote se rascó el mentón caminando de un lado a otro, el hábito oscuro se movía a su compás y sus sandalias de cuero se dejaban ver por momentos. Finalmente, se detuvo y mirándome de frente me dio la respuesta calmadamente. Agradecido, bese su mano y regrese a mi aposento.
Esa noche preparé todo tal cual me dijo Fray Gomes y me dispuse a esperar la fantasmal procesión. Llegó la medianoche y mi puerta fue golpeada. Ya listo, con una gran capa cubriendo por completo mi vestidura, abrí la puerta encontrándome con las cadavéricas presencias que se acercaban amenazantes dispuestas a llevarme por mi rebeldía y desobediencia.
Pidiome su canilla la primera de las ánimas acercando su cadavérica mano a mí, cuando comencé a ejecutar el ardid que el buen cura me había dado.
Debajo de la amplia capa cargaba yo un bebe recién nacido al cual pellizqué haciéndolo llorar mientras entregaba su canilla a la susodicha alma, retrocediendo ésta al escuchar el llanto del mamón luego de tomar su hueso convirtiéndose éste en cirio nuevamente, al ser recibido por su dueño.  Así desfilaron ante mí toda la procesión de las ánimas benditas recuperando sus huesos al compás del llanto del neonato. Al entregar el último hueso, toda la procesión se retiró no sin antes mirarme por última vez con cierto recelo por no haber podido llevarme con ellos gracias al querubín escondido entre mis ropas que evitó que me levantaran, con todo y mis pecados, pues ahora se que las almas del purgatorio no pueden tocar seres tan inocentes como ese pequeño crío.
Vale decir que hasta el día de hoy los paseanderos espíritus no han vuelto a perturbar mis noches.
Y como es mejor decir, aquí corrió que aquí quedo, me disculparan, pues tengo que ir a empacar mis pocas ropas para mudarme a otro cuartucho antes de que mis queridas almitas del purgatorio se acuerden de éste pecador y sus útiles oraciones.