miércoles, 5 de agosto de 2015

DIABLILLO



Y él se escapó del abismo. Sólo era un niño después de todo. Aquel lugar de eterno fuego e infinito dolor aún no tocaba su alma infantil.
Las llamas del averno habían sido su lugar de juegos, cada círculo del infierno su parque de diversiones, Cancerbero su fiel mascota y los diablillos menores sus compañeros con los cuales jugaba bromas al viejo Caronte.
El pequeño añoraba salir a conocer el mundo fuera de su ardiente hogar. Su padre se lo negaba, él era el príncipe, el heredero, el delfín del oscuro reino y no podía irse de ahí.
Trató de convencer a su padre, le rogó e hizo los mayores berrinches que hicieron temblar la tierra, sin resultados.
Decidido entonces, tomó sus juguetes favoritos y se ocultó entre los espíritus perdidos que llegaban a diario y entre los demonios compradores de almas que salían, se escapó sin ser visto.
El príncipe caminó por la tierra, llegó de noche, las luces de neón le llamaban la atención, no eran tan brillantes como las flamas del infierno pero eran diferentes y de colores que no había visto antes.
Todos los vicios estaban regados acá arriba, el humo del cigarro y otras sustancias llenaban el aire, el licor regado en el piso mojaba sus zapatos que cubrían sus pequeñas pezuñas caprinas. Las mujeres casi no cubrían sus partes más íntimas y esperaban algo en las esquinas. Algunos hombres se le acercaron hasta hacerlo sentir incómodo y tuvo que correr para esquivarlos. Los pocos niños que encontró no querían jugar con él, sólo estaban sentados en aquel piso sucio con la mano estirada, tal vez pensaban que llovería.
Uno de ellos, un niño rubio de pelo rizado, como uno de esos engreídos querubines, ni siquiera estaba sentado, su cuerpo yacía tumbado en la vereda helada sin que nadie lo mirara. El príncipe se acercó a él.

-“¿Qué haces ahí? ¿Qué esperas?”

El niño lo miró de reojo, sin moverse, su cuerpo estaba extremadamente delgado, no tenía fuerza. El heredero sacó un corazón aún latiente de la bolsita con la que había huido.

- “¿Tienes hambre? ¿Quieres?”

El pequeño en el piso levantó con esfuerzo su mano tomando la del diablillo.

-“¿Quieres venir conmigo? Vivo lejos pero hay comida, llega todos los días y tengo un perro grande con tres cabezas, puedes acariciar una y le haremos bromas a Caronte, está casi ciego, le doy botones como monedas y no se da cuenta a veces.  Es un buen lugar, sólo es un poco ruidoso, los gritos y llantos ensordecen pero te acostumbrarás”.

Mientras el príncipe hablaba entusiasmado con su nuevo amigo, los ojos del niño comenzaron a apagarse, sus pupilas se dilataron para nunca más brillar.
El pequeño Lucifer agarró la mano de su compañero y caminaron juntos dejando el enjuto cuerpecito en aquella calle oscura.
Regresó a su hogar, esta vez sin renegar de el. Fue a buscar a su padre, que encolerizado mutilaba y desgarraba condenados con sus dientes y descuartizaba infernales súbditos por haberlo dejado escapar.
Belcebú vio a su hijo sorprendido por verlo acompañado, se le acercó y le dio una sonora palmada en el trasero.

- “Ve a jugar con tu amigo”.

- “Voy padre……..no era tan genial, es igual que aquí”.

Los dos niños se internaron corriendo en las entrañas del inframundo.
El señor de la oscuridad tomó un cuerpo más, mordió la cabeza y apuntó a su hijo y luego al niño que se alejaban.

- “Ahí va un verdadero cazador de almas”.