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jueves, 20 de octubre de 2016

CRÓNICAS: ANTROPÓFAGO


*Favor de leer el texto escuchando la melodía adjunta.

Hambre, hambre endemoniada que me carcome el cerebro y el estómago podrido de hoyos supurosos que debo llenar con el manjar más fino, más raro y común a la vez.

Hoy será una bella joven, la tengo ya tres días dándole sólo agua. Es la única forma en que la piel se despegue del músculo sin mucho esfuerzo, además de purgar el sistema y los desechos corporales. El pellejo humano es un órgano grande y difícil de retirar. Lamentablemente no existe un mercado para este tipo de piel así que no vale la pena arrancarla prolijamente.

Igual no soy ningún salvaje, debo preparar los alimentos limpiamente, nadie quiere pescar una infección ya que ahora hay tanta depravación y la materia prima de mis alimentos está cada vez más expuesta a enfermedades y virus.

Voy entrando a la habitación donde se encuentra y aunque suene cliché el sótano es la mejor opción ¿Dónde más podrían no ser escuchados sus gritos y lamentos? Pongo mi vinilo del gran Carl Orff con una de las canciones de mí opera favorita: O Fortuna. Sólo el arte puede acompañar al arte.  Quien me diga que no es un arte preparar al animal humano para su consumo, no sabe de lo que habla.

“O Fortuna
Velut luna
Statu variabilis”

Aún está echada en el camastro de metal oxidado que le ha servido de lecho. Está desmayada, definitivamente los golpes secos y rápidos son los mejores para dejarlos inconscientes. No he querido darle sedantes pues cambian el sabor de la carne.

Un poco de cinta aislante en la boca acallará cualquier grito.

Diestro como soy en el arte del cuchillo, doy un par de cortes atravesando la parte posterior del Tendón de Aquiles, los intentos de gritos del animal acompañan mi canturreo de la melodía que estalla en el recinto mientras atravieso las incisiones con los ganchos de colgar carne.  La pequeña polea levanta los ganchos hasta poner el cuerpo de cabeza.  El animal se sacude furioso sin resultados. Mejor, eso hará que el corazón bombee más y el sangrado sea más rápido.

“Semper crescis
Aut decrescis
Vita detestabilis
Nunc obdurat
Et tunc curat
Ludo mentis aciem
Egestatem
Potestatem
Dissolvit ut glaciem”

Sus manos atadas me facilitan el trabajo. Tomo su cuello entre mis dedos presionándolo fuertemente para inmovilizarla y rápidamente hundo mi cuchillo plano en una esquina de la quijada dando un largo corte de oreja a oreja abriendo la garganta y la laringe, lo cual, convenientemente ya no le dejara emitir sonidos por lo cual mi versión de O Fortuna se escuchará más limpiamente.

“Sors immanis
Et inanis
Rota tu volubilis
Status malus     
Vana salus
Semper dissolubilis
Obumbrata
Et velata
Michi quoque niteris
Nunc per ludum
Dorsum nudum
Fero tui sceleris”

Pongo un recipiente abierto y grande bajo el cuerpo, va llenándose de sangre roja, espesa y pegote después de que el primer chorro me da de lleno en el pecho al separar con el corte las arterias carótidas y vasos sanguíneos.  La sangre entibia mi cuerpo como los brazos de la más amorosa madre. Los coágulos se pegan a los bordes de la vasija goteando al piso y manchando la orilla del depósito. Charcos escarlata rodeándome. La sangre se desecha pues no tiene ninguna utilidad por el riesgo del VIH y otras enfermedades circundantes, por eso lo importante también de escoger un buen espécimen. Una chica entre los 15 y 20 años es ideal, su cuerpo desarrollado tiene más carne que el de los niños. Cada vez se sacude más débilmente cual bailarina clásica. Podría jurar que lo hace al compás de la melodía.

Su vida se va yendo, la sangre que borbotea desde su cuello diseña delicadamente líneas abstractas en su rostro y por momentos llena su boca y su nariz haciéndola emitir arcadas cada vez más endebles. Sonrío al ver el arte que pueden crear mis manos y le canto sin dejar de mirar sus ojos desorbitados de horror. Sé que en el fondo, ella me agradece por compartir sus últimos momentos deleitándola con mi lírica voz.

“Sors salutis
Et virtutis           
Michi nunc contraria
Est affectus
Et defectus
Semper in angaria
Hac in hora
Sine mora
Corde pulsum tangite
Quod per sortem
Sternit fortem
Mecum omnes plangite”

Mi canto retumba en el sótano cerrado mientras veo la sangre disminuir su flujo.  Su cuerpo cuelga ya flácido y estático como hoja abandonada al viento.

Me acerco a cortar el cuello siguiendo la abertura de la laringe desde la mandíbula a la parte posterior del cráneo separando el musculo y el ligamento que lo unen a la medula espinal, me agacho a besar sus labios ensangrentados de los cuales aún chorrean hilos de bermejo líquido y con mis manos retuerzo la cabeza hasta arrancarla al tiempo que canto mi Arias* como el mejor de los tenores. Los nervios y ligamentos quedan colgando sanguinolentos, como pequeños fideos sonrosados temblorosos mientras miro a los ojos de la cabeza del espécimen cantándole como un homenaje a quien será mi alimento.

“Fortune plango vulnera
Stillantibus ocellis
Quod sua michi munera
Subtrahit rebellis”

Ya tengo la cabeza separada y le saco ojos y la lengua, un pequeño desarmador bastará para reventar los globos oculares, los saco de sus órbitas, el humor acuoso baña mis manos con ese líquido espeso y transparente. Paso las manos por mi rostro mojándolo todo, tengo su olor conmigo. Jalo la lengua con fuerza con un alicate hasta arrancarla de cuajo de la boca para finalmente extirpar el cuero cabelludo y desollar la piel del rostro.

Suelo quedarme con un recuerdo de mis potajes, así que pongo la cabeza en una jaula, escondida entre las plantas del jardín para que las hormigas y otros bichos rastreros hagan el trabajo de limpiar la poca carne que le queda.

La melodía envuelve el lugar y mi cuerpo, siento cada nota en mi garganta que canta con la misma pasión con la que mi cuchillo entra a la primera capa de piel sin tocar músculo ni vísceras. La arranco jalándola hacia arriba con una mano mientras voy destazando con el cuchillo con la otra.

“Verum est, quod legitur
Fronte capillata
Sed plerumque sequitur
Occasio calvata”

Dejo las manos y los pies tal como están, hoy no haré sopa. Sólo me quedaré con unos trozos de piel para hacer fritangas de delgadas tiras de piel que se fríen en aceite hasta quedar crocantes, espolvoreadas con sal y pimentón.

¡Llega la parte más apasionada de la melodía justo en mi fase favorita, el evísceramiento del cuerpo!

“Verum est, quod legitur
Fronte capillata
Sed plerumque sequitur
Occasio calvata”

Mi pequeño machete entra en el plexo solar, el punto entre el esternón y el estómago, bajando hasta casi el ano, tengo mucho cuidado de no cortar los intestinos, no quiero que la porquería se riegue dentro del cuerpo.

Ahora la herramienta que prefiero ¡la sierra! Aserro el hueso púbico hasta partirlo, así como el esternón. Al fin tengo el cuerpo abierto totalmente y me puedo dedicar a cantar relajadamente mientras extirpo riñones, vaso, hígado, pulmones, corazón, tripas y todo vaso sanguíneo restante del interior. Finalmente, meto la mano a través del pecho hacia el cuello arrancando entre mis dedos la tráquea y la laringe. Maravillosa sensación de los suaves órganos entre mis manos, suaves, húmedos, resbalosos, manchados aun de roja vida.

Separo miembros, una buena cortada de la axila al hombro separa los brazos y otra sobre la cabeza del fémur separar las piernas.  Aquí es donde está la mayor parte de la carne, entre el hombro y el codo y en los muslos ya que los músculos son más grandes en esas partes, salivo de sólo pensar en ellas y mis ojos, involuntariamente, se voltean hacia arriba como en el más satisfactorio éxtasis.

“In Fortune solio
Sederam elatus
Prosperitatis vario
Flore coronatus”

Así tenemos el cuerpo listo para ser dividido. Personalmente prefiero aserrar a través de la espina dorsal, separando ésta desde las nalgas al cuello, ya que al adherirse muy bien la carne a ella es muy buena hervida en sopa.

Dejaré los miembros para más adelante colgándolos de los ganchos de carne. Se ven apetitosos. La música me acompaña mientras corto hermosos filetes redondos y gruesos, rompo costillas y deshueso separando la deliciosa pulpa de pura carne.

“Quicquid enim florui
Felix et beatus
Nunc a summo corrui
Gloria privatus”

No hay que ser codicioso, no quiero pecar de gula, siempre he respetado a Dios y sus diez mandamientos, felizmente ninguno habla de la alimentación con los semejantes, sólo habla de amarlos igual que a uno mismo. Y no pienso en otra forma de amar más profunda que la de llevarlos dentro de uno.

Llevo al congelador las partes que no usaré en este momento, un muslo será suficiente por hoy.

“Fortune rota volvitur
Descendo minoratus
Alter in altum tollitur         
Nimis exaltatus”

El olor del carbón ardiendo en la parrilla me llena el olfato y el alma que se calma al sentir entre mis manos la preciada presa. Coloco los filetes de muslo en la marinada que previamente preparé y la dejo reposando. Reposando su muerte, reposando mi vida, reposando entre las últimas notas de la pieza de arte sobre mi obra maestra.

“Rex sedet in vertice
Caveat ruinam!
Nam sub axe legimus
Hecubam reginam”



*ARIAS: Son las partes más importantes y más vistosas de la ópera. Realizadas por solistas; la acción se para y el cantante expresa sus sentimientos por medio del lucimiento de su voz.


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- ACUCHILLADOR

- ESTRANGULADOR

- PIEL

martes, 6 de septiembre de 2016

CRÓNICAS : ACUCHILLADOR

No me gustan las pistolas, ni la mayoría de armas de fuego como objeto para matar a alguien. Me parece una forma insulsa de quitarle la vida a un ser viviente, para ser más exactos, a otra persona pues jamás dañaría a un animal.

Un simple disparo le quita toda la poesía al arte de arrancar una vida. El arma, fría en tus manos, te aparta egoístamente de la posibilidad de sentir la vida de ese cuerpo irse, lentamente, entre tus brazos. De sentir sus últimos latidos, de oír la exhalación del último suspiro. De ver la luz de la existencia apagándose ante tu mirada.

El frió metal, quita la intimidad del acto glorioso de ser Dios, de quitar la vida por decisión propia, inhibe esa íntima relación entre víctima y victimario que todos deberíamos conocer alguna vez.

Las balas absorben la vida instantáneamente, hacen estallar el cuerpo por porciones y no se disfruta de la agonía que precede a la muerte, digno homenaje de la vida a ésta. La potencia del proyectil se lleva el aliento de vida en segundos.

El arma blanca, en cambio, ¡oh gloriosa! ¡oh ensalzada! ¡oh hermosa punta plateada! Te conviertes en parte del cuerpo deseado, abres tejidos con tu hoja que a empujones destroza células estriadas y lisas, glándulas sebáceas y vasos sanguíneos convirtiendo la piel en una masa informe llena de bocas abiertas que destilan su rojo contenido.

Tibia sangre que llena mis manos haciéndome dueño de la vida humana mientras con los ojos cerrados oigo quedamente el latir del corazón moribundo ¡tan, tan, tan! Hermosas rimas palpitantes que retumban en mi cabeza como el sonido más silenciosamente ensordecedor.

Y los ojos ¡por Dios los ojos!, ese pequeño destello en la pupila que brilla más a medida que los ojos se abren de desesperación y desesperanza.  Y que en el momento en que más resplandecen ¡en el cenit de su vida! Va decayendo de a pocos apagándose, apagándose como una flama sin oxígeno.


Esa sensación de mi mano empuñando el mango que sostiene la hoja, hundida completamente en el cuerpo de mi víctima, y éste bañándola con su líquido contenido. El cuerpo que va abandonando su peso sobre el mío a medida que va cayendo preso indefectiblemente de las garras de la muerte transformada en pérfido puñal. Y poco a poco se desvanece, cae de rodillas al piso, sus últimos quejidos, los postreros latidos, la chispa apagada ya y yo, de pie, un ser supremo en toda su gloria.


*Si desean leer la primera Crónica : Estrangulador

jueves, 14 de julio de 2016

CRÒNICAS : ESTRANGULADOR

Mis manos heridas tensaban la cuerda que me quemaba las palmas por el esfuerzo que él hacía por soltar su cuello.

Su cabeza me golpeaba el estómago por las convulsiones que comenzaba a presentar, lo miraba desde arriba disfrutando ver como su piel se volvía cianótica y sus miembros temblaban con los espasmos antecesores de la muerte.

Sus ojos volteaban a mirarme o quizás, simplemente, era la reacción de desesperación al inminente deceso. Se abrían de forma grotesca dando la impresión de que iban a reventar en cualquier momento esparciendo el humor acuoso sobre mi rostro (con suerte, en mi boca), paredes y piso del recinto.

Puse una rodilla en su espalda empujándolo con ésta y haciendo fuerza con mis manos templando más la cuerda para hacer la presión del ahorcamiento más fuerte aún.

Mi rostro se desfiguraba en una sonrisa que no podía evitar, el corazón me latía de la emoción de aquel momento en el que era omnipotente y un escalofrío placentero recorrió mi columna vertebral cuando vi su boca abriéndose hasta romper las comisuras sangrantes y sacar la larga lengua amoratada que babeante se volteaba hacia adentro tapando la entrada del poco aire que intentaba rescatar.

Sus miembros se sacudían como gallina degollada mientras sentía en mis manos la vibración de su cuerpo que me llegaba a través de la cuerda convertida en una extensión de éste.

Su última convulsión me llevó a la gloria. El éxtasis se acrecentaba al tiempo que su cuerpo flácido caía resbalando por mis manos y acariciando mi cuerpo hasta llegar al suelo.


Pisé su cabeza al salir mientras limpiaba mis manos ensangrentadas en mi chaqueta negra.