miércoles, 28 de noviembre de 2018

HADA DE AZUCAR



*Favor de leer el relato con la melodía adjunta.

El rojo de la sangre era impresionante. Contrastaba salvajemente con la negrura de la pista que lo intentaba absorber sin mucho resultado. El pequeño río escarlata continuaba extendiéndose desde su cabeza desprovista de piel. La moto había quedado a un lado, caída, mecánico corcel herido en alguna huida.
Mi madre me cubrió los ojos, su tibia mano quiso ocultarme aquel mundo cruel en el que, inevitablemente, crecería. Pero ya era muy tarde, apoyada en la ventana del auto, mis pupilas ya habían reflejado el brillante color, el centelleante riachuelo que hervía en estrellitas doradas producidas por el rayo de sol más hermoso.

Mis neuronas refulgían como ese borbotear de sangre tras mis párpados infantiles.

Fue de aquellos momentos mágicos que te cambian la vida. La vida se tornó roja.

Tras segundos de hechicera contemplación, el auto siguió la marcha con la conversación de mis padres que lamentaban la muerte de una persona tan joven y se cuestionaban sobre el destino incierto y sorprendente de cada uno.
Yo los escuchaba a lo lejos, solo palabras sueltas que no entendía.

Abrazaba mis zapatillas de ballet, diminutas como mi pies. Su suave y rosado raso las hacía lucir como zapatos de hada, nadie sabía la dureza que contenía su interior.

Las acariciaba tarareando la Danza del Hada de Azúcar del Cascanueces, imaginándome volar entre las notas de esa hermosa melodía, pero, ahora, una sombra roja bordeaba mis etéreos pasos. Una idea, un sueño anidó en mis esperanzas de niña. Uno que me acompañó a través de los años y que estaba cerca de convertir en realidad.