viernes, 27 de julio de 2018

LUNA SANGRIENTA



*Favor de leer el relato con la melodía adjunta.

Las nubes, como gases de metano, comienzan a tomar el tinte rojizo, el viento sopla llevándolas en el firmamento, dejando una estela en el horizonte nocturno, una línea de sangre como la de cualquier víctima.

La violinista, en las puertas del averno espera, espera su salida, la llegada del rey del abismo que le abrirá las puertas de éste para dejarla libre y recibir su recompensa.

El hilo en su tobillo, que la une al infierno, se tensa.

Mira hacia atrás, su poeta la mira esperanzado, sus rojos ojos brillan al verla a punto de salir de su angustioso cautiverio. Sabe que ella vive solo esperando esas noches en que la luna se tiñe de rojo como mordida por algún ser infinito.

Satán hace su aparición, sus caprinas patas se hunden en la roja arena, entre los rojos huesos y los rojos pellejos, ya secos, que recubren el suelo del infierno.  Mira a la violinista revolviéndole el negro cabello con los huesudos dedos.

—Anda — proclama el caído abriendo las puertas del averno, suenan, su chirrido es el de los gritos de los condenados, ensordecedor, idílico.

Ella se pone el violín en el hombro y toca, toca como nunca lo hubiese hecho en vida. Su blanco violín regresará teñido, siempre absorbiendo el líquido contenido de alguna pobre criatura. Pequeño envase vacío que quedará regado en la calle.

Su diminuto pie pisa el primer tejado, la violinista comienza su baile frenético iluminada rojamente por la luna de sangre, la llave del infierno para ella. Saltarina llega al cementerio de la vieja París.

Los esqueletos están regados en la parte más antigua. Salta sobre ellos, baila, un cráneo en su mano la acompaña.  Hermoso ángel de blanca vestidura, núbil doncella de frágil figura y corrompida mente.

Besa la yerta cabeza en la boca sin labios, en los dientes fríos que por el tiempo se vuelven pétreos, sus dedos salen por las cuencas sosteniéndolo.

—Un baile prohibido su merced—le sonríe coqueta al esqueleto. Otro beso frío.

Pisa las osamentas regadas por el piso, escuchando el crujir de los huesos a su paso. Los deja atrás.

Las adoquinadas calles son suyas, la ciudad envuelta en la niebla escarlata de la luna.

En puntitas avanza saboreando la noche, su noche de libertad. Pasa por el orfanato, lo mira con desdén, es muy fácil. Aquellos niños si despertarán.

Sangre noble, le requiere su cabeza, sangre azul en esta noche escarlata.

Su cabello se mueve más lento que ella misma al viento nocturno, el movimiento retrasado la sigue como un mar en suave movimiento. Las notas del violín suenan en su cabeza marchita. Ella danza, baila sobre las frías tejas casi sin pisarlas en un andar etéreo.

El palacio la recibe con la luz de los candelabros que la guían, bailarinas velas que los llenan. Sus negros ojos se entornan como los de cualquier mujer coqueta al ver al dueño de sus deseos. Versalles es un paraíso de luces en las noches.

La violinista ríe saltando sobre sus techos al compás del violín imaginario. Mira hacia abajo, hacia los guardias que lo que menos esperan es que la muerte dance sobre sus cabezas.

Mueve la suya en un gesto de burlona negación. Se escabulle cual reptante ser por el balcón más primoroso, aquel de celestes cortinas tras las cuales un hermoso varón, un gracioso y pequeño príncipe duerme sobre almohadas de satín.


Ella se acerca, pasea sus largos dedos alrededor del chiquillo tocando las suaves sabanas. Se acerca a oler su precioso cabello , esconde su nariz entre ellos.

—Pequeño, pequeño príncipe — susurra nuestro roto ángel —me bendices con tu real esencia?

Sus blancos dedos entran de un solo movimiento a la boca del delfín, lo atraganta con ellos sin dejarlo gritar, ni respirar. Mueve su dedos dentro de la garganta del querubín arrugando la nariz en infantil mohín.

La delicada mano libre rodea el delgado cuello, lo aprieta, lo aprieta, lo aprieta tanto que  los dedos de ambas manos se sienten entre las carnes del niño.

—Tiembla pequeño, sacude tu delgado cuerpecito, cae a mis pies inocente, reyecito que nunca será — va moviendo su cabeza con los ojos cerrados al compás de las notas de violín en su cabeza.

El infantil cuerpo se deja ir ya sin fuerza, sin luz en sus ojos ni vida en su piel.

—Pequeño — besa la roja boca. Lo carga, posando en el piso el frágil cuerpecito.

El arco del violín será ahora el protagonista. Las entrañas, no las ha olvidado.

Hunde el afilado arco en  el estómago del pequeño, separa las carnes, las cuales se abren cayendo su piel como hojas de otoño, tan suave es su movimiento. La sangre brota roja, tibia y espesa sobre su vestido blanco que lo absorbe vistiéndose con ella.

Se arrodilla hundiendo las manos en el abierto vientre y arranca, remueve con frenesí órganos y vísceras. Las entrañas tan amadas las levanta sobando su hermoso rostro con ellas. Su cabello absorbe la grasienta bilis, la roja sangre, el espeso contenido del estómago.

Ella es ahora un solo cuerpo rojo que no distingue ropajes o cabello o rasgos del rostro. Es solo un monstruo escarlata, un pequeño, delicado y bailarín engendro con un violín en la mano.

Lo pone en su cuello, el arco arranca su baile sobre las cuerdas. Los pies de ella se introducen dentro del hueco vacío donde antes estaban los intestinos, donde estaba la vida. Danza dentro del cuerpo del niño, su violín la acompaña en los pequeños pasos que puede dar en la sangrienta cavidad. Sus pies teñidos salen con pedazos de piel entre los dedos. Ya amanece.

Se cuelga los intestinos al cuello, la ofrenda que prometió.

La oscuridad la protege aun, la roja penumbra.

Tras ella el desarmado cuerpecito, los órganos regados siguiendo el camino que tomó al salir.

En las puertas del averno, nuevamente, su cabello se mueve en movimiento retrasado al cerrarse la puerta tras ella.