domingo, 17 de enero de 2016

DELPHINE: HUERFANOS



*Favor leer el presente relato escuchando la melodía adjunta.

Con los ojos cerrados y moviéndose frenéticamente, la pequeña mueve el arco del violín rojo carmesí que toma vida en sus manos denotando todos los años de su existencia. Las notas vuelan como vapor invernal alrededor de su cuerpecito que enfunda en un vestido de seda rosa, sus guantes acarician el instrumento haciéndolo flotar en sus sonidos etéreos, susurrantes y gaseosos que se tornan en agresivos gritos de agonía y desmembramiento cuando sus dedos lo torturan sacándole notas que sólo podrían existir en el infierno mismo.

Sus rizos se mueven sobre su espalda donde un hermoso listón de encaje remata el coqueto atuendo.

El violín queda en silencio, la pálida infante toma aire en un suspiro profundo  y comienza a tocarlo en un baile clásico donde sus zapatitos de raso del mismo tono del vestido danzan como los rayos del sol en la aurora que no ve hace siglos.

Pequeña sabandija de oscuros subterráneos y rincones en penumbra ¿que esta cavilando tu degenerada mente? ¿Como estas planeando saciar tu hambre esta noche de Reyes?

Pequeña Delphine, querida, querida niña inmortal e infernal ¿a dónde te dirigen bailando tus pies de muñeca?

Noche de Reyes, noche de regalos y deseos cumplidos. En los hogares se sienten las chimeneas encendidas y el olor a chocolate caliente que abraza a cada ser que los habita.

Afuera, sólo los desdichados, los desprotegidos, los rechazados por la gracia de tener una familia, los que en su vida no hicieron nada bueno a los ojos de nuestro querido Dios para ser amados.

La dulce Delphine camina sobre la nieve que cubre como blanca alfombra las empedradas calles de la Londres victoriana. Un ángel entre mendigos, una diminuta aparición bendecida con gran belleza inocente.

Pequeña huérfana en busca de acogida en el noble edificio.

 A sus puertas llegó sólo con su pequeño violín en la mano, sus bucles al viento y hambre en su rostro.

La nieve mojó su vestido y sus zapatos de tela empapados la hacían tiritar a la vista de la buena mujer que le abrió las puertas del lugar.

- “Pequeño ángel ¿cómo alguien osó abandonarte y dejarte en orfandad?”

Adentro los demás dejados, como ella, disfrutaban de la cena que buenos mecenas les ofrecían y se aprestaban a abrir los regalos donados.

Delphine se sentó entre ellos, cambiada ya, con la humilde ropita prestada. En un rincón, sus ojos fulgurosos veían toda la algarabía y la alegría de los regalos desenvueltos por los huérfanos cuyos semblantes brillaban con toda la felicidad de la esperanza mientras ella tocaba con sus blancos dedos el cascabel que colgaba en su cuello.  Los  corazones infantiles latían con la fuerza propia de su edad  haciendo que los torrentes dentro de sus venas se convirtieran en diminutos ríos caudalosos de ferroso contenido que despertaba su hambre en lujuriosa sed de sangre.  La niña era acunada por una rolliza dama que la hacía entender que no sabían que llegaría y por eso no tendría el esperado regalo.

Lágrimas fingidas caían por sus redondas mejillas esperando el fin de la fiesta.

Todos se acostaron con las pancitas llenas, durmiendo con su nuevo regalo en los brazos. La pequeña Delphine se levantó en la penumbra de la madrugada, su hora favorita en la que las sombras reinaban llenando las paredes del recinto. Acompañada por ellas y con su pequeño violín, visitó cada pabellón de huérfanos. Fueron muertes silenciosas, colmillitos hundidos en el frenesí más profundo que no dejaron gritar a las pequeñas víctimas. Sangre de párvulo, divina esencia de vida, puro elixir que llena los confines más oscuros de su podrido cuerpecito.

Sació el hambre en su cuerpo y dejó correr la sangre de los huérfanos formando charcos que en el éxtasis del ímpetu usó para hundir el violín y mantener el color que por siglos había tenido.

Al día siguiente el pueblo vio horrorizado como delgados ríos de sangre bermeja escurrían debajo de la puerta cerrada del edificio abriendo surcos en la nieve como los arroyos encarnados del averno. Cada pequeña cama contenía un cuerpo vacío, todos se fueron juntos como hermanitos.

La pequeña Delphine caminaba ya muy lejana por los aun oscuros callejones sintiendo el viento frío golpeando su rostro sonriente. No había llorado en vano, ella misma tomó el regalo merecido con sus manitas enguantadas.




miércoles, 13 de enero de 2016

OLVIDO

Hoy supe que me dejabas.
No quiero ser un poeta que se queja de su suerte, ni dirá que el árbol muere y que las hojas del amor marchito caen en el camino que traza su vida llena de otoños.
Ni que pasa una tormenta, la tormenta de su vida que ahoga sus pulmones en la masa de agua que es tu amor que se va entre olas de añoranza.
Tampoco seré dramático y lloraré agitado en un rincón de mi cuarto, de nuestro cuarto que vio miles de noches tu desnudez más profunda. La desnudez que está bajo la piel y toca los miedos y el alma. 
No humedeceré con lágrimas las sabanas que acunaron nuestros cuerpos en llamas. Aún necesito el olor de nuestro chamuscado sexo.
Finalmente no te detendré, miraré tu camino separarse del mio, tu alma coloreada dejar la mía a oscuras, tus palabras diarias enmudecer mis días, tus ojos sonrientes cubrirse por los párpados que avivaran mi angustia, tu olor tornarse en amargo desvarío, tu cuerpo entregado separarse del mío.
Hoy no me quejaré, lo haré mañana y lloraré tu olvido.


viernes, 1 de enero de 2016

DELPHINE


*Favor de leer el presente relato con la melodía adjunta.

Los adoquines de la calle londinense se iluminan a cada paso que ella da. Los faroles recién encendidos brillan iluminando quedamente el camino de la muerte. La pequeña de rizos dorados se  mueve lánguida en la penumbra. Arrastra su vestido por la fría piedra que se levanta al toque del viento invernal cual alas de ángel incorpóreo. Levanta el rostro a la ligera lluvia que golpea su cara infantil. El sombrero de seda celeste apenas cubre su pálida tez y sus piececitos avanzan inclementes por la oscura y estrecha calle.

Llega al puerto que la recibe con la algarabía de las fiestas, los fuegos artificiales y artilugios traídos del lejano oriente hacen brillar sus pupilas a cada estallido en el cielo, las voces alrededor festejan sin tomarle importancia a su presencia. Qué bien se sentía poder ver el nacer una nueva era. El primer día de un nuevo siglo.

La fría brisa envolviendo las gotas de lluvia se desplaza a su lado, su piel exánime no siente el frío ni el viento, sus pies apenas tocan, ahora, el piso. Las borlas de su vestido se deslizan como alma en pena buscando una víctima para saciar sus instintos. Pequeña asesina, preciosa homicida sin alma ni escrúpulos.

Sonríe al ver a su víctima, se le acerca inocente, está perdida, pide ayuda, llora en su regazo. Siente la piel tibia abrazarla, rodearla con su calor, el latir de un corazón cabalgando y los ríos de color purpura que corren bajo la dermis que la protege.

Se abraza a su samaritana que la ayuda sin pensar, en la oscuridad del abrazo entreabre sus labios carmesís, las blancas perlas de los dientes brillan sutiles. Los pequeños colmillos relucen al clavar la mirada en los ojos horrorizados de la victima que comprende que es muy tarde.

Lanzada a su cuello como frágil flor, sus garritas se prenden de los ropajes y sus dientecitos se hincan en la carne que solo consigue desgarrarse  más a  cada movimiento de intento de huida.

Preciosa víctima, querida mia, aliméntala, nútrela, revívela, haz que sus venas se hinchen y humedezcan, que su pequeño corazón se bañe en tu vital liquido. No dejes morir a mi niña de piel de marfil que comienza a disfrutar de este mundo de oscuridad.

Entre sus pequeños brazos, la inmolada cae, su cuerpo se desliza sin vida ante su infantil mirada. Ya sin sangre, un cuerpo inerte, vacío envase de valioso contenido.

Su vestido no fue manchado, aprendió bien.  Deja caer a la adorada en el húmedo suelo de aquel lugar de celebración. Su sombrerito fue desatado por algún intento de salvación, se acomoda y limpiando sus sonrosados labios con el delicado pañuelo blanco prosigue su camino.

Alrededor de ella la gente celebra extasiada, ninguno de los latientes corazones se fijó en la muerte que llegó en zapatitos de charol, entre luces en el cielo, gritos de júbilo, licor y baile.


Se aleja con su canción infantil en los labios y el  cascabel de su cuello que susurra en la noche. Ahí va Delphine.


miércoles, 30 de diciembre de 2015

EL REGALO PROMETIDO


 “¿Me la trajiste papá?” – Le preguntó con ojos brillantes el pequeño Timmy Claus a su padre.

“Si mi amor, al fin encontré el tamaño exacto, podrás volver a caminar” – respondió éste con una sonrisa – “No pongas esa carita Cindy, también traje algo para ti” – sonrió con un guiño el barbón.

Santa extrajo lo deseado: la pierna recién cercenada del último niño que había visitado para Timmy y luego esparció el cadáver desmembrado y todavía caliente de otro niño de edad similar.

“¡Papá!”¡El puzzle que te pedí!” – dijo Cindy boquiabierta.

¡La navidad nunca pudo ser más feliz!


Relato co - escrito con Santiago Estenas Novoa

domingo, 27 de diciembre de 2015

EL SACO


Y llegó con su traje rojo y gran sonrisa.

Soltó el gran saco que llevaba a la espalda, el cual cayó con un sonido seco.

Vio mi mirada curiosa, tomó la base del saco y derramó su contenido en el piso de mi sala.

Brazos, piernas, manos y pies mezclados con tripas y toda clase de vísceras ensangrentadas aun se sacudían sin parar.

No pude correr, su mano me atrapó del cabello y su pútrido aliento se hizo sentir en mi nariz y mi oído: “Antes de que te des cuenta, sólo serás una mancha de sangre en mi barba”.

jueves, 24 de diciembre de 2015

CAVILACIONES VI: Decoración Navideña

Haciendo la decoración navideña, que  mi madre me obliga a realizar, saco la cajita de herramientas que guardo en el sótano de la casa. Es antigua, herencia de mi abuelo, al que le gustaba tallar en madera, por lo que contiene muchas cuchillas de diferentes anchos, desarmadores, pequeñas sierras, martillos y hasta un soplete, que yo había adquirido hace un tiempo.

Tomé clavos y los fijé a la ventana para colgar las luces que mi madre quería cayeran como una lluvia de chispas colorinas. También varios cuadros del viejo roñoso de Papa Noel, que jamás se acordó durante mi infancia que yo existía.

Si tan solo regresara ahora que ya estoy grande, lo haría pagar por cada año esperando despierto su llegada. La leche tibia y las galletas que evitaba comer para ofrecérselas a ese desgraciado.

Por años pensé que, y me convencí de ello, era el peor niño del barrio, por algo él no me traía nada.

Me senté en el sillón frente a la chimenea recordando la fábula de los cerditos y el lobo en que los marranos terminan quemándolo vivo y una sonrisa se dibujo en mi rostro.

Por supuesto, años después, supe que él no existía.  Ahora, en mi adolescencia, al fin me convencí de que no era un monstruo infantil como suponía.

Regresé de mi ensueño al grito de mi madre para que me apure. Abrí mi cajita de herramientas, observé el brillo plateado de mis cuchillas y sierras, el hermoso soplete con su haz de fuego azul, mi martillo de mango amarillo que destacaba entre tanto metal. Todo me serviría para esta ocasión especial.

Pensé un buen rato sentado en el mullido mueble en una decoración que satisfaga a mí madre y salí raudo con mi caja hacia el pequeño almacén fuera de la casa. Cargué una antigua reja de hierro oxidado del tamaño de una puerta y ayudado de mi soplete la partí por la mitad, amolde las puntas de los bordes al rojo vivo, con el martillo, llevándolas hacia arriba. Partí varias partes del centro y de lados de la reja levantando las puntas luego, con el martillo, al igual que los bordes. 

Cargué mi obra dentro de la casa acomodándola en el piso de la chimenea, bajo los leños secos recién puestos, a pesar de que no funcionaba desde hace muchos años. Esta noche nuevamente ardería  y así aseguraría los leños.

Pinté con brea el interior de la chimenea hasta lo más alto que pude. Así ardería más el fuego al prenderlo.

Colgué las luces que mi madre quería, adorné las ventanas,  y el árbol giratorio que mi hermana compró a pedido de su vástago que, de alguna manera, si recibía obsequios cada año.

Fuimos a acostarnos ya entrada la noche. Mi sobrino, pobre iluso, dejó nuevamente las galletas y la leche para el viejo gordo que nunca llegaría.

Me acosté cansado de haber complacido a mi madre con su maldita decoración anual.

En la noche, el ruido de cascabeles me despertó, un golpe en el piso, cosas que caían y un grito ahogado dieron paso al silencio natural de esa hora.

Salí del dormitorio así como mi hermana, su crío y mi madre corriendo hacia el primer piso.

¿Acaso por Belcebú existía el viejo ese? Un cuerpo gordo y alto se veía en el piso de la sala entre las penumbras de la noche.

Todo era un regadío de cosas rotas, la chimenea apagada no nos dejaba respirar bien por el polvo que esparcía y no podíamos distinguir con detalle, salvo la robusta silueta caída.

Mis instintos de futuro investigador forense especializado en sangre, como Dexter, mi ídolo, me hicieron reconstruir el escenario en un instante.

Papa Noel llegó en su trineo lleno de cascabeles y se posó en nuestro techo. Bajó por la chimenea como es su costumbre, al quedarse atorado por lo gordo que estaba trató de deslizarse hacia abajo y en el camino se levantó su traje quedando el cuerpo al descubierto, los ladrillos y el cemento sin lijar hicieron lo propio, desgarraron piel arrancando girones de ésta, la sangre se deslizó por la chimenea mojando los leños que ahora se veían de un  color tinto oscuro. El tubo de la chimenea cerrada ahogaba los gritos del hombre que sentía abrirse vivo dentro de esa tumba vertical. La piel se agrietaba, el musculo aparecía al rojo vivo, la grasa del cuerpo se deslizaba también como copos blancos de nieve que terminaban por morir en los leños. La piel del abdomen, más suave, fue la que se abrió primero, las tripas solo eran sostenidas por los muros que no las dejaban salir libremente. Sus manos ensangrentadas al fin dieron el último empujón encontrando la brea, que yo había puesto horas antes en los muros, la cual lo ayudó a caer bruscamente como un bulto informe sobre los leños que se esparcieron a su peso quedando incrustado en la reja que había acomodado debajo de ellos. Los pinchos cortos se incrustaron en la poca carne que quedaba en el torso, en piernas, nalgas, brazos y manos que temblaban al traspasar de los nervios.

Como pudo y aun con muy poca fuerza se levantó y dio unos pasos tropezando con mi caja de herramientas que, descuidadamente, dejé en el piso y cayó como un paquete a los pies del árbol que giraba aun encendido, trató de apoyarse en éste metiendo la cabeza entre el follaje intentando agarrar el tronco para levantarse pero el cordón de luces atrapo su cuello apretándolo cada vez más a cada giro. - Si no hubiera estado tan débil se lo hubiera quitado con facilidad - pensé para mis adentros. Entre luces que prendían y apagaban iba ahogándose, perdiendo la vida,  el aire cada vez llegaba menos a sus pulmones. El cable se incrustaba en su rechoncho cuello desapareciendo entre los sudorosos pliegues.

Mi madre se prestó a acercarse para prender las luces cuando el cuerpo se movió dando su último esfuerzo para tratar de salvarse, jaló con una mano el cordón que lo aprisionaba, en el esfuerzo las tripas salieron de la cavidad torácica regándose casi hasta nuestros pies desnudos. El árbol no resistió el peso del hombre bañado en sangre y brea y cayó sobre él. Solo una chispa fue necesaria para encenderlo sobre el cuerpo del infortunado Mr. Kringle que ardía como una tea gorda destripada y ensangrentada.  Ya no tuvo tiempo de gritar, ni de moverse, ni de respirar. Quedó en el piso de mi hogar, en vísperas de navidad, sobre su propia sangre dejando un olor a carne chamuscada que llenaba la noche junto a los villancicos lejanos.

Me desperté a la mañana siguiente. El olor a chocolate caliente llegó a mi habitación. Miré por la ventana la fría mañana navideña. Mi madre y mi hermana estaban llegando. La última vestida de negro luto.  Miraron hacia arriba para leer sobre la puerta principal el letrero de bienvenida:

“Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo les desea el Psiquiátrico Clarkson”


Al fin había dejado de ser solamente una cavilación.

jueves, 10 de diciembre de 2015

VILLANA

Atrapado en la cueva oscura, me escondo de su máquina infernal.  Ella piensa que  será fácil eliminarme. Vil villana destructiva.  La oscuridad me ayuda pues mis ojos se adaptaron a ella, me escondo en cada rincón de mi pequeño refugio ocultándome de los brazos metálicos que quieren atraparme.

Sólo ella pudo mandar a aquel aparato a destruirme ya que no pudo con el químico que me lanzó hace un par de semanas. Las cuchillas que tiene al extremo cada brazo quieren cortar mi cuerpo, hacerlo pedazos, descuartizarme. Quieren destrozar mi cráneo para que muera cruelmente.

Pero no podrá conmigo, me defenderé hasta no poder más.

Cubro mis ojos y mi cabeza, el brazo metálico pasa muy cerca de mí rozando mi cuerpo, cortando mi piel desnuda, siento un dolor que nunca antes sentí. Me impulso hacia el otro lado del refugio, el aparato me sigue con una pequeña luz que me ciega, sus brazos se cierran sobre mi cuerpo, cortan mi brazo que es arrancado de cuajo. Abro la boca para gritar pero nadie me oye.

Sin entender el por qué de tanto dolor, me encojo en un rincón preguntándome que hice para ser perseguido de ese modo. Las cuchillas me alcanzan, me cortan por pedazos, el dolor es insoportable, arranca mis piernas y al fin agarra mi cuello, el siguiente movimiento será el último que pueda contarles.

Antes de la nada, escucho a lo lejos sus voces:

-     -  "¿Terminó al fin?"

-     - "Si, ya casi. Luego tendrá que descansar un par de días".


-     - "Muchas gracias por eliminar mi "problemita" doctor. Ese niño no tenía cabida en mi vida. Ahora, sin este estorbo, ¡yo   y mi profesión dominaremos el mundo!"