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miércoles, 12 de octubre de 2016

VAMPIMICROS

Buscando hoy entre viejos archivos, encontré estos tres micros, los cuales había dejado olvidados. Son de los primeros que escribí y para resarcirme con ellos, decidí publicarlos. 

HAMBRE

El cabello caía en su rostro del cual se veía solo la mitad, sentado con la cara entre las rodillas sentía la lluvia caer como pequeñas gotas heladas que penetraban en su piel pálida. Cerraba los ojos para mirar dentro de su cabeza a ver si podía entender todos los sentimientos que se arremolinaban en ella. Odio, nostalgia, tristeza, desesperación, tal vez una pizca de alegría? No alegría no, el no conocía eso, solo conocía el eco en sus pensamientos cuando quería imaginarse esa sensación, cuando trataba de adivinar como se sentían esos seres sonrientes que veía por doquier. La única sensación placentera que podía experimentar su cuerpo y que más se acercaba a esa alegría tan deseada por él, era el salvaje placer de matar, la sutil sensación de calor en su cuerpo aunque sea momentánea, el estremecer de sus venas vacías cuando eran llenadas por la sangre tibia, espesa, que se abría paso por sus cavidades secas, el estremecimiento de su cuerpo al sentir entre sus brazos como iba cayendo al suelo el ser ya sin vida que había respirado, llorado y suplicado minutos antes. --Sangre!---su lengua lamió sus labios en un espasmo involuntario, sintió el sabor al hierro y a muerte del rojo fluido. Abrió los ojos encendidos en deseos de muerte, se puso de pie apoyándose en el muro que lo sostenía, sacudió sus ropas, levanto el cuello de su raído traje, echose a andar en busca de la placentera sensación……………


CAZADOR NOCTURNO

Cazador nocturno caminando entre las sombras, acechando, escuchando, atento a su paso suave. 
El velo vuela por el viento, escapando de su cabello de ébano. Quizás me ayuda algún demonio, pues de un Dios no soy merecedor. Se acerca tras la seda que escapa acercándose a mi repugnante cuerpo. Ya la veo, está ahí, frente a mí. Me acurruco tras la piedra que sirvió de suave lecho para furtivos besos, para noches perpetuas, para extasiados cuerpos. Rencor no correspondido.
Un poco más, dos pasos, uno. Siento el latir de sus venas, el corazón que bombea mi vital ilusión. Sólo mirarla sacia mi sed. Desde mi oscuro lugar aspiro, olfateo, su olor llega a mí.
El jazmín de la noche me envuelve torturándome. Recordándome mi condena incomprensible.
La dejo pasar viendo el borde de su vestido blanco flotar tras sus pasos, mi dama, mi niña, mi criatura nocturna que quedó en orfandad obligada.
Sentado nuevamente, abrazo mis rodillas, aúllo lastimero el castigo que no entiendo. Animal soberbio me gritan sin saber, el soberbio no aúlla su desgracia, el soberbio no siente.
No tengo linda prosa para expresar sentimientos, sólo un papel en blanco que calla lo que siento.


QUIMERAS

Cementerio Presbítero Maestro - Lima, Perú
Diabólicas quimeras que adivinan nuestros sueños ¿me maldecirás una vez más con su ausencia? - se preguntaba la sanguinaria criatura arrastrando la mitad del cuerpo de su víctima sobre su hombro mientras los intestinos se arrastraban por el piso.
Se quedó sentado en la esquina de un pabellón de nichos del cementerio, chupaba los huesos que aún contenían algo de vital líquido.
La aurora con su odiosa luz rosada comenzó a abrazar el cielo. La oscuridad, su lóbrego hogar, se retiraba al tiempo que él se escondía en alguna tumba vacía.
Su olor llegó a sus secas fosas nasales. El olor de quien lo abandonó regresaba a él. Jazmín y canela apestaban el camino al escondite del resentido ser.
A través de la entrada del pequeño nicho donde se escondía, vio el tul de su vaporoso vestido pasar. La luz le impedía salir a buscarla. Estiró su brazo, el cual el sol quemó, tocando la tela con la punta de los dedos. Se recogió nuevamente en su tumba, una voz llegó suave a sus oídos. Levantó los ojos muertos y la vio, sus ojos de luna seguían brillando.

lunes, 30 de noviembre de 2015

POSESION


La seda de su vestido blanco se pegaba a mi rostro pérfido. El viento soplaba entrando por la ventana que había abierto segundos antes. Mi mirada hipnótica de no vivo la privaba del movimiento de su cuerpo. Podía regodearme en ella, poseerla, disfrutarla, yacer con ella. 


Atiné a acercar mi rostro a su cuerpo posado sobre la cama que suave, como nube, contenía su cuerpo. Los tules de su vestido golpeaban suavemente mi rostro movidos por el aire nocturno, su olor era conducido por éste mismo a mi seca nariz que volvía a la vida con él. 

Jazmín y canela, como lo había imaginado, olor a niña-mujer. La pureza de su cuerpo atraía mi sentido más básico así como el hambre insaciable de la vida liquida que corría por los ríos de sus venas.

Levante con mis manos impuras la bata que cubría su núbil cuerpo, sus piernas de blanco marmoleo aparecieron a mis ojos impíos. Mis manos fueron conquistándolas hasta llegar a su pequeño tesoro de cardo y rosa. Pequeño, puro, virgen, latente de vida.
Mis instintos de hombre despertaron antes que los de depredador, la distancia entre mi boca y su sexo dormido se acortó hasta sentir el roce de sus ralos vellos púbicos en mis labios, los saboree, así como su olor límpido. Mis ojos se posaron por un momento en sus pechos que se erguían a través del blanco camisón, sus aureolas se traslucían suavemente invitando a mancillarlas, mis dedos rozaron el pezón erguido por el aire frío y mi toque desvergonzado.

La tibieza de su capullo tan cercano a mi boca y tan extraño a mi condición, llamó mi atención nuevamente, cerré los ojos y aspiré profundamente aquella total pureza. Mi lengua infecta deshonró su honor de virgen, saboree sus labios más íntimos, su sexo impoluto fue mío, del hombre que había olvidado que fui. Pero la bestia saltó dentro de mí. Los colmillos rompieron mi piel y de un tajo los hundí en su hermoso monte con nombre de diosa. 

No paré hasta hacer míos su cuerpo y su alma ….. y me perteneció eternamente.



Unos años después........INSTINTO

viernes, 6 de noviembre de 2015

LA ULTIMA CENA

El aire de Jerusalén cantaba entre las piedras aquella noche. Mi manto y mi túnica me protegían de la arena que se levantaba camino a la posada que sería testigo de la reunión pactada.

La mesa estaba llena de mis compañeros más leales. Compartiríamos el pan y las copas de tinto. Sabían que era la última cena que tendrían conmigo. Yo también lo sabía, después de ella me reuniría con mi padre, no había opción.

El lugar era austero pero confortable. Quería darles lo mejor en esta última noche juntos. Los mesoneros tenían indicación de atendernos e irse, lo que hablaríamos y pasaría ahí no era para cualquier mortal. Era algo divino, sobrenatural.

Me levanté a partir el pan y repartirlo entre ellos, todos comeríamos de la misma hogaza en un acto de unión. Ahora sus cuerpos estarían siempre conmigo como yo con ellos.

Las lámparas de aceite iluminaban la estancia y la mesa de madera con el mantel de burdo paño. Las paredes de piedra blanca cobraban vida con el movimiento de las flamas mientras llegaba la hora de llenar las copas de rojo tinto.

Hablé ante ellos como era mi costumbre, escuchaban cada palabra mía, me veían como su maestro, me admiraban, decían que tenía un aura magnética que atraía a quienes me vieran y escucharan.

Llegó la hora de la comunión perpetua. Las copas de vino se llenarían para el último brindis.
- Unan sus manos - pedí a mis compañeros que las juntaron poniendo sus manos una sobre otra.
Las tomé con las mías, posé una de mis manos sobre las de ellos y la otra debajo, uniéndolas fuertemente.

Mis dedos se alargaron y crecieron como arañas al igual que mis uñas que se clavaron en las muñecas de mis, ahora, víctimas, uniéndolas como un pincho de manos, creando una fuente de vital fluido rojo.

Todos levantaron sus miradas al unísono y clavé la mía en sus ojos. Uno por uno cayeron en el encanto de mi naturaleza bestial.

Los finos hilos carmesí bordaron el blanco mantel con las figuras más inverosímiles, diseños sin forma que derramaban vida a cada gota.


Liberé una de mis delgadas manos acercando, con ésta, las copas doradas que llené con la tibia sangre para no permitir el desperdicio ¡eso era impensable!
Solté a mis compañeros que cayeron alrededor de la mesa y algunos sobre ella. Tomé asiento en el lugar preferencial como lo suponía esta fecha especial. Bebí de cada copa, de cada uno de ellos hasta saciar mi sed. Mis venas secas volvieron a abrirse para dejar correr la vida en mi.

Acomodé mi túnica y salí de ahí en medio de la noche, tenía que cumplir el trato antes de reunirme con mi padre en el infierno. Después de todo, me habían pagado 30 monedas de plata.


lunes, 5 de octubre de 2015

INSTINTO



Cabalgaba por las calles llenas de niebla que no dejaban ver a mi corcel. Solo sentía el empedrado de las veredas bajo las patas del animal que me sacudía a cada paso. Como un ente sin alma y sin vida como era, sólo me guiaba mi instinto. Años pasaron pero nunca la había olvidado, como olvidar su inocencia mancillada por mi noche a noche, como olvidar su piel sin mancha que yo corrompí con tanto gusto, como olvidar su cuerpo de niña que se tornó en mis brazos al de una hermosa mujer gozosa de mis caricias. Como olvidar ese olor a jazmín y canela y esa blancura que ahora debe haberse convertido en un plomo cadavérico ¿Me recordaría? Seguro que sí, nunca un resucitado olvidaba  a quien le había dado la nueva vida. Mi error fue el no quedarme a criar a mi nueva criatura.


No, criatura no, ella no lo era. Ella era mi obra de arte, mi hija, mi amante, mi esposa, el corazón que reemplazaba el mío ya muerto. 


Tal vez no pude resistir semejante ser, semejante responsabilidad, semejante……..sentimiento.


El instinto, el hambre que secaba mi garganta y mis venas secas me obligaron a cazar en el camino. Arranqué cabezas, mutilé cuerpos con mis propias manos, no me conformaba con un simple mordisco en el cuello. Eso era de vampiros comunes. Muchos dirán que soy un ser que le quita la elegancia a los vampiros de buena sepa. Si, lo soy, no dejo un par de hoyos en el cuello de los infelices que caen a mis pies. Ni un mordisco en el noble cuello de las hermosas damiselas.


Yo me alimento de la misma vena yugular arrancando la cabeza de un tajo, de la misma vena aorta abriendo el pecho y extirpando el corazón con los dedos. De las venas y arterias de los brazos y piernas que se sacuden cuando su cuerpo pierde la cabeza como gallinas degolladas. Y si son damas jóvenes, la vena femoral es mi favorita, me llevo su vida por donde ellas darían vida a un nuevo ser. Porque, si no lo saben incautos ignorantes, la vena femoral, en las damas, llena el clítoris del preciado vitae cuando las inocentes se excitan a mis caricias ¿pueden pensar en algo más delicioso?


Pero regreso de mi ensueño, mis recuerdos y mis cavilaciones. El olor es más fuerte que en mis recuerdos. 


Es mi pequeña, mi joven asesina, mi corazón extraviado y parece que el instinto que plasmé en ella ha hecho efecto, puesto que su olor a jazmín y canela está hoy rodeado del olor a hierro de la sangre, del olor al plasma que está recorriendo su cuerpo marchito con ganas de seguir “viviendo”.


No pares corcel, encuéntrala, que aunque me odie, la amará mi corazón.

jueves, 13 de agosto de 2015

MASCARADA - Cuento Malkavian





* Favor leerlo con el presente fondo musical. 
Las nubes se mueven sobre el cielo rojizo, la puerta que dará entrada a la oscuridad de la noche. Desde abajo, el castillo muestra las puntas de sus torres que rompen la serenidad del paisaje en el ocaso del día. El viento se va haciendo más fuerte y frío mientras el carruaje sube hacia la celebración, el rostro imperceptible del enmascarado se asoma por una de las ventanillas rematada en una pequeña cortina de terciopelo rojo, logra ver la crin negra de uno de los caballos que vuela al compás de su galope.
Las ruedas del carruaje de madera suenan chirriantes al detenerse en la entrada de la imponente construcción, baja acercándose a la puerta que fácilmente le quintuplica en tamaño, la luz de las miles de velas que iluminan los gigantescos candelabros encienden la entrada deslumbrando a los sorprendidos asistentes que van llegando con estrambóticos trajes.
Se quedó en la entrada observando, oliendo, escogiendo; su atuendo negro asemejaba un cuervo con las plumas cosidas a lo largo del traje que le cubría hasta los pies dando la sensación de volar a unos centímetros del suelo cuando caminaba, su rostro lo cubría en parte una máscara negra que rodeaba sus ojos terminando en un pico largo con líneas espiraladas doradas, único decorado del disfraz. Su boca quedaba al aire, una boca deformada por la enfermedad de cuyas comisuras brotaba, en ocasiones, una saliva espesa y sanguinolenta que limpiaba con el pañuelo percudido que siempre llevaba consigo. Su cabeza solo era cubierta por algunos  mechones de cabello ralo entre los cuales se asomaba una piel plomiza, casi transparente, la cual dejaba ver sus venas debajo de ella,  en verdad pensaba que espantaría más sin disfraz que con este puesto. La gente a su alrededor no adivinaba el horror que tenía tan cerca.
Se quedó a un lado de la entrada, los invitados llegaban raudos, felices, las sonrisas llenaban el aire, una mariposa con alas de colores, un hada con el vestido de seda más suave que había visto, un gladiador romano con espada y escudo en mano, un mago, una princesa, un caballo, un vampiro muy apuesto. Una carcajada interrumpió el murmullo de los saludos, ¿era en serio? ¿Así imaginaba la gente a sus congéneres? Entonces nunca seria descubierto.
El gran salón estaba rodeado de ventanas de estilo gótico, cada una con figuras formadas por vitrales cuyos colores dotaban de diferentes tonos la sala en cuyo interior la fiesta comenzaba a fluir.
El engendro decidió mezclarse entre la multitud eufórica, los músicos arrancaban notas alegres al clavicordio, los violines, las flautas y al laúd, las parejas llenaban la pista de baile con sus pasos acompasados y las risotadas de la gente eran animadas por los licores multicolores que rebosaban sus copas. El deforme ser rozaba los cuerpos de los vivos al pasar junto a ellos, sentía en sus manos la tela de sus ropajes y ocasionalmente las pieles de sus brazos y manos, sus fosas nasales se llenaron del olor a vida, sus oídos sintieron el palpitar del corazón que bombeaba la sangre en los ríos profundos que ensordecían, para él, el ruido del festín y sus pupilas se dilataron al notar el latir de las arterias y venas que latían bajo la piel de sus descubiertos cuellos.
Los colores que tomaba el salón con el transcurso del pasar de las horas era hipnotizante, los amarillos hacían resplandecer a los bailarines, los celestes los festejaban y los anaranjados los encendían, más los azules los tornaban mortuorios y los rojos los ensangrentaban; los músicos cambiaron sus alegres tonadas a notas más pesadas, se diría que hasta lúgubres, los hombres ya embriagados caían en muebles y alfombras dentro de sus festivos trajes, las mujeres, algunas sobre ellos, otras en sus propios sueños, resistían aun de pie tambaleándose, la hora del degenere estaba en su cúspide, él se acercaba sin temor a las danzarinas almas que parecían más bailar un baile mortuorio que uno festivo, los encajes y sedas se movían al compás de la oscura melodía, los maquillajes caían como lluvia negra sobre piedra blanca y el respiraba en el cuello de un ángel blanco como la pureza, bella como la misma belleza y ebria como el mismo Baco. La tomo del talle danzando con ella en un baile levitante, dando vueltas alrededor del salón, la dama se dejaba llevar mirando la bóveda estrellada esculpida en el techo mientras su compañero la hacía volar en esa danza endiablada. Muy tarde fue cuando sintió el primer colmillo hundiéndose en su piel, tarde cuando escucho la máscara de él caer al piso, sin esperanza cuando  bajo la mirada solo para ver la deformidad más extrema pegada a su blanco cuello succionándole la vida, su cuerpo, ya sin alma, cayó en el piso de mármol mientras los aun vacilantes bailarines seguían celebrando pisando la sangre que seguía saliendo del frágil cuerpo, tan ebrios estaban.
Con el vitae abriendo sus secas venas, su contrahecho cuerpo exigía más, se lanzó hacia un mozuelo tomándolo del cuello, lo elevo hasta que sus zapatillas de arlequín no tocaron más el piso, su delicadeza y caballerosidad habían muerto con la dama. Atrapó la cabeza del joven con la otra mano y quebrándola hacia un lado partió el cuello en dos, la sangre salpicaba en todas direcciones hacia pisos, paredes, muebles e invitados; abrió su deforme boca salivando y mordió las venas que salían temblando desde el cuello del chico cubriendo toda su cara del rojizo, espeso y tibio liquido al tiempo que se alimentaba.
Una mujer gorda vestida de odalisca obesa y ebria como una cuba lo miraba con los ojos agrandados de horror y con la boca abierta en un grito mudo, el vampiro, dejando su presa, apareció ante ella con una carcajada macabra arrancándole los ojos con las largas uñas y dejándola correr sin rumbo como gallina degollada. Los aun despiertos huían ante el macabro espectáculo, con un movimiento de su brazo en alto, las puertas quedaron selladas, los aterrados asistentes corrían atropellándose entre ellos, pisoteándose y resbalándose en la sangre de las primeras víctimas mientras el Malkavian destripaba, mutilaba y desollaba silbando una alegre melodía campesina.
El sol salió al día siguiente de la celebración, iluminando las puertas abiertas del castillo y las escaleras de piedra por las cuales destilaba un líquido rojo, viscoso, putrefacto que llevaba consigo  coágulos, vísceras y muñones cual río carmesí corriendo hacia el bosque frondoso.